La-maldición-de-la-flor-dorada“Denme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dijo Arquímedes. Denle a Yimou un cheque en blanco para narrar una historia sobre intrigas varias en la corte de la China Imperial y él devolverá una obra maestra. Porque no importa que cada traje que luce Gong Lien la pantalla valga un potosí; que se contrate a miles de extras o que se reproduzcan con exquisito detalle los muros de la Ciudad Prohibida. Nada de eso importa si a los mandos del proyecto no hay un director que sepa medir los tiempos, crear las atmósferas adecuadas y que conjugue a la perfección espectáculo y rigor histórico. Yimou es ese director, y teniéndole a él entonces sí que cada detalle vale su peso en oro y merece la pena abrirle de par en par la caja de caudales.

“La maldición de la flor dorada” es, como todos los grandes relatos, un cofre que encierra amor y venganza, odio y ambición; donde los puñales vuelan y el veneno se sirve caliente. Demasiados enemigos tiene este emperador. Enemigos que ha cultivado con esmero a golpe de traición. Muchos de ellos están dentro de palacio y alguno hasta se sienta a su mesa.

Zhang Yimou reproduce los usos y costumbres de la vida intramuros de la residencia imperial con escrupulosa precisión. Todo se torna en una formidable y perfecta coreografía, ya sea la manicura de la emperatriz o una batalla campal. El objetivo es abrumar al espectador apelando a todos los sentidos: el olor de millones de flores dispuestas con la más sublime de las geometrías, el sabor de brebajes ancestrales, el tacto de la seda y el hilo de oro, o el sonido de cien mil flechas dirigiéndose raudas a su objetivo. El cerebro seguirá procesando imágenes de ensueño mucho después de finalizada la proyección.

El trono del cine asiático tiene muchos aspirantes y de muy diferente pelaje. Yimou es uno de ellos y sus credenciales son películas como ésta. Debe ser duro intentar competir con él.

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