La-vida-en-rosaRecrear vida y milagros de un mito como la Piaf es siempre una tarea peliaguda. Es tan descomunal la sombra del personaje que las probabilidades de toparse con las reticencias del público son altas. Para más inri, la existencia de Edith Piaf estuvo tan plagada de tragedias, tan vapuleada por una suerte francamente esquiva, que no resultaba sencillo encarar su semblanza sin caer en un enorme folletín de lágrimas y miserias. Sin embargo, lo realmente complicado era dar con la actriz que se metiera en el cuerpo de aquella mujer que, literalmente, se dejó la piel encima de un escenario. En ese sentido al realizador Olivier Dahan le cayó del cielo un prodigio llamado Marion Cotillard que regala -a él y a nosotros- una de las interpretaciones más plenas y escalofriantes de los últimos años. Lo de Cotillard es un trabajo de interiorización apabullante; transforma sus manos, sus ojos, mimetiza cada movimiento. Se convierte en la Piaf vitalista y descarada de los comienzos para más tarde mutar en la Piaf herida y consumida por el dolor físico y sentimental de sus últimos días. Más allá de la meritoria caracterización, del maquillaje y los postizos, Marionconsigue lo imposible: que nos convenzamos por momentos de que lo que tenemos delante es el mismísimo ruiseñor de Paris y no una simple actriz mostrando sus dotes de imitadora. ProbablementeDahan supo que tenía la partida ganada desde el momento en que presenció cómo su futura protagonista desplegaba su talento. Supo que sería ella quien le acompañaría en el recorrido vital de Edith, construido aquí a base de flashbacks contraflashbacks; desde los días de cantante callejera hasta su adiós en el Olympia de Paris, donde una Piaf destrozada y sacando fuerzas de no se sabe muy bien dónde, le cantó a su público aquello de “No me arrepiento de nada” Dahan mezcla las imágenes de ese último show con la agonía años después de la cantante, arruinada y olvidada, arrasada por el sufrimiento. Hasta los corazones más duros deben hacer ondear la bandera blanca ante semejante avalancha de emociones.

Lo de Olivier Dahan es una lección de cómo honrar la memoria de una leyenda usando las tres palabras clave: respeto, respeto y respeto. Y aunque lo mejor para acercarse a la figura de Edith Piaf sea sumergirse en su cancionero, sin más, “La vida en Rosa” ayuda a entender qué había detrás de aquella voz que se crió en un burdel de los arrabales parisinos y que creció hasta convertirse en una de las grandes maravillas del siglo XX.

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