nick_caveGracias a una de esas extrañas piruetas del destino hace unos meses se anunciaba que la única fecha en la península de la actual gira de Nick Cave, bajo el poco esclarecedor subtítulo de “solo performance”,  tendría como escenario el teatro Cervantes de Málaga. Y allí que acudió una variopinta selección de la hinchada del hell crooner sin tener muy claro qué es lo que se iban a encontrar sobre las tablas del coqueto coliseo malagueño, aunque no tardarían en salir de dudas. Cave se presentaba respaldado por sus compañeros de viaje en Grinderman, proyecto con el que acaba de entregar un disco homónimo y que no es otra cosa que una versión reducida de los Bad Seeds. Guitarra, bajo, batería y el piano de cola del cantante australiano; pertrechos más que suficientes para hacer un somero repaso a lo más granado de su repertorio.

No cabe duda de que, hoy por hoy, Nick se siente muy cómodo en su papel de baladista taciturno, pero eso no impide que intercale momentos de electricidad y blues furioso entre sus tonadas de amor y sangre. Así, alternó sus temas más intimistas, caso de “God is in the house” o “Lucy”, con la contundencia de “Red Right Hand”, “Jack the Ripper” o “Deanna” que, asentadas sobre la rugiente batería de Jim Sclavunos, hicieron temblar los cimientos del vetusto teatro y levantaron al respetable de sus asientos. Cave se mostraba comunicativo y sonriente, interactuaba con la audiencia, bromeaba con sus músicos y, aunque hizo oídos sordos a las mil peticiones que le llegaban desde todos los rincones de la sala (el guión es el guión), nadie podría negar que entregó hasta la última gota de sudor a un público que supo cómo agradecérselo.

En resumen, poco más de dos horas que nos supieron a poco, porque difícilmente podríamos cansarnos de escuchar a una de las voces más rotundas del panorama mundial. Como ocurre con los más grandes,  la figura del autor de las baladas asesinas se agiganta con los años, de ahí que abandonáramos el lugar con la sensación de haber contemplado el show de un auténtico mito viviente. Ya podemos morirnos un poco más tranquilos.

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