Sin-destinoA partir de la terrible odisea de un crío húngaro a través de distintos campos de concentración nazis, Lajos Koltai compone una serie de postales color ceniza del infierno en la Tierra. Cuando uno piensa que todo ha quedado dicho y más que dicho sobre el holocausto, cintas como “Sin destino” llegan para constatar que esa historia no terminará nunca de contarse, porque no hay metros de celuloide suficientes para describir la raíz misma del horror. En su personal aportación a la “causa”, Koltai se debate entre pasajes de dureza extrema y otros que destilan una cierta poesía de lo infame; poesía a la que colabora una grandiosa banda sonora fabricada por todo un Ennio Morricone.

Puede haber belleza en la destrucción y en el mal, y la cinta de Koltai es buena muestra de ello. Belleza en la belleza aniquilada, como la del personaje principal, interpretado e interiorizado por el adolescente Marcell Nagy en un trabajo penetrante y doloroso al alcance de muy pocos actores de su edad. Ese György que construye el joven Nagy es una de las creaciones más sobrecogedoras de los últimos tiempos, y huelga decir que se merce hasta el último premio que se ha echado a las alforjas.

Apelando al juego de palabras facilón, el destino de “Sin destino” está en alcanzar el podio de las obras que han conseguido retratar los estragos del III Reich en toda la extensión de su vileza. Allí donde Spielberg y su Schindler se perdían entre el falso romanticismo y las actitudes conciliadoras, Lajos Koltai toma el camino correcto: el de la realidad, sin edulcorantes ni colorantes.

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