Inland-EmpireDiscutir la carrera de un tipo como Lynch a estas alturas se antoja labor digna de fantoches, bachibozucs y bucaneros. Puede que sea el rarito de Hollywood por antonomasia, pero ha sabido ceñirse a los cánones más estrictos cuando se lo ha propuesto -ahí quedaron“El hombre elefante” “Una historia verdadera” – y dejar satisfechos a los reacios a caer hechizados por el poderío sensorial y psicológico de sus “Blue Velvet” “Corazón salvaje” y compañía. Con “Inland Empire” , sin embargo, David ha decidido ponérselo muy fácil a sus muchos detractores y francamente difícil a los incondicionales. El de Montana acaba de endosarnos tres horas, tres, de su faceta más caótica y sin sentido; ésa que bebe del surrealismo o del lenguaje indescifrable de los sueños, y en la que los personajes se desdoblan, donde el continuo espacio-tiempo se va a freír espárragos y se hilan secuencias sin aparente conexión y/o explicación.

Lo que en “Mulholland Drive” “Carretera perdida”eran atractivos enigmas que colaboraban al clima general de desasosiego y misterio de los respectivos relatos, en “Inland Empire” son el único argumento palpable. Si bien hay trazos de una reflexión acerca del mundo cine y la esquizofrenia que conlleva -o eso parece- lo cierto es que, como Donald Sutherland le confesaba a Costner en “JFK” , nos enfrentamos a una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma. Para colmo de males Lynch pierde el paso, es incapaz de mantener el ritmo e incluso nos niega su impecable estética habitual rodando casi toda la película en vídeo. Ni siquiera Angelo Badalamenti acude al rescate de su viejo amigo, y firma una banda sonora que suena demasiado a glorias pasadas.

Una res difícil (muy difícil) de torear a pesar del empeño de una Laura Dern que ha ganado, en todos los sentidos, con el paso del tiempo, pero cuya permanente mueca de estupor define mejor que mil líneas el sentir general dentro y fuera de la pantalla. Y es que hasta los genios pueden tener un mal día.

Anuncios