En 2018 se cumplirán veinte años de la publicación de Mechanical Animals, la autoinmolación de Marilyn Manson a ojos de su parroquia más extremista en clave de glam rock. Sin Trent Reznor cubriéndole algo más que las espaldas el discurso amenazador del Anticristo Superstar se descafeinó hasta convertirle en un poco menos que un personaje de cómic. Una parodia del enemigo público que fue y que vuelve a casa por Halloween. Mientras su némesis Reznor logró dar el complicado salto de la rabia adolescente a la madurez a base de de internarse en terrenos experimentales y huir de la descarga de metralla industrial, Manson se ancló en los clichés más manidos de su propia (y efímera) leyenda. En eso sigue seis álbumes después, tratando de reverdecer los laureles de “Rock is dead” o “Disposable Teens”, para solaz de adolescentes con el gótico subido y de directores de subproductos de terror. Manson es una estrella, nadie puede ponerlo en duda, pero quizá no sea la estrella en la que creyó que se convertiría, en la que de hecho se habría convertido si hubiera puesto sus ojos y su voluntad antes en explorar –que no explotar- los muchos senderos que una obra como Antichrist Superstar le puso delante de las narices que en intentar eternizarse en las fiestas de los MTV Awards. Su caso es especialmente sangrante, porque a nadie le es ajeno que el cerebro de Brian Warner está tan bien amueblado como el mejor. Pero le puede la pereza. Ni él pasará a la historia como un Bowie del siglo XXI, como el artista que lo cambió todo, ni discos como el recién horneado Heaven Upside Down pueden amenizar nada más serio que una fiesta con cabezas de calabaza, murciélagos de pega y algunas drogas blandas.

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