Una tarde-noche normal, en una calle normal. Ni de barrio alto ni de barrio bajo. Normal. Corriente y moliente. Estoy subido en la moto, parado en un semáforo. A moto o a pie, tengo la costumbre de no entablar contacto visual con nadie, siempre voy por ahí con la mirada de los mil metros. A mis amigos y conocidos les digo que no es que sea un gilipollas que ni les saluda por la calle, es que no los veo. Que me hagan señas si quieren que me percate de su presencia, señas como los operarios de las pistas del aeropuerto. Pero la mirada de los mil metros me da para… (Seguir leyendo)

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