“Ese libro lo he escrito yo”. El comentario de Enrique me llegó difuminado entre la hiperestimulación sensorial de aquella librería/ludoteca/tienda de electrónica/cafetería. Estaba al borde de la hipnosis contemplando, en la lejanía, un plasma gigantesco que reproducía en bucle imágenes de tigres y leones, majestuosos, lanzándose contra la pantalla. Complicado concentrarse en objetos tan prosaicos, tan inertes, como aquellos libros. Pero reaccioné y le pregunté de qué demonios estaba hablando. Insistió: “Que ese libro lo he escrito yo”. Escruté aquella suerte de altar del fast food literario frente al que Enrique se había plantado y no daba con ninguno de sus libros. Sin noticias deTengo una pistola o Tania con i. Me encogí de hombros, me volví hacia él. (seguir leyendo)

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