No es casualidad que la primera vez que los mass media españoles se fijaron en Bruce LaBruce (Ontario, 1964) fuese a raíz de las dos bombas caseras que alguien colocó cerca de la madrileña galería La Fresh en 2012, durante su exposición Obscenity. Aquellos artefactos no explotaron, pero dan una idea del tipo de pasiones que despierta la obra de este fotógrafo y cineasta que llegó del norte del Imperio. Pornógrafo eventual, o “reticente”, como rezaba su autobiografía (The Reluctant Pornographer, 1997), si LaBruce ofende, transgrede, por tierra, mar o aire, es algo a cuantificar en el debe de la sociedad en que le ha tocado vivir, no tanto en su haber artístico. LaBruce no hace cine para extraterrestres, no fotografía a criaturas de costumbres disparatadas, no vive en una atmósfera de depravación sin límites. Todo lo contrario. Se le ve un tipo calmado y reflexivo, se toma su tiempo para encarar cada respuesta y los argumentos que pone encima de la mesa sólo pueden rebatirse desde la mojigatería o la cerrazón. El tipo de cerrazón que coloca bombas a la entrada de una galería de arte o que asalta la redacción de una revista AK-47 en ristre. Y LaBruce es el tipo de artista que se atreve a vivir en el alambre.

Era inevitable tratar en esta charla los recientes sucesos de París, era complicado evitar que eso no nos llevara a profundizar en la razón (o las razones) de ser de la expresión artística y que topáramos con la Iglesia. Pero la razón de ser de la siguiente entrevista tiene dos nombres, o dos títulos: Gerontophilia (2013) y Pierrot Lunaire (2014). Las dos últimas películas de LaBruce han llegado a Europa con muy poco tiempo de diferencia, la coartada ideal para entrarle a algunos de sus habituales caballos de batalla; el fetichismo, los convencionalismos, la identidad sexual. Por si había poca tela que cortar, empezamos hablando de Charlton Heston. 

ESQUIRE: El mundo 2.0 manda. Cuando supe que iba a entrevistarle fui a husmear en su Twitter. Y lo primero que me encontré fue cita de Charlton Heston. No se me ocurre a nadie más apartado de lo que Bruce LaBruce representa que el amigo Heston.

Bruce LaBruce: Heston se convirtió en un ultraconservador al final de su vida, y su apoyo a la Asociación Nacional del Rifle fue poco afortunado, pero hay que hacer balance de toda la carrera de una persona. Fue de los primeros en apoyar el movimiento por los Derechos Civiles. Hizo películas que eran muy críticas con Estados Unidos. Me encanta su trilogía distópica de finales de los sesenta y principios de los setenta: El planeta de los simios, Cuando el destino nos alcance, El último hombre vivo

 

ESQ: En honor a la verdad, esa cita de Heston nos es nada reaccionaria. Reza: “Tengo que pensar que en algún lugar del universo hay algo mejor que el ser humano. Tiene que haberlo”. Me pregunto si hace falta mirar a las estrellas para encontrar algo mejor que el ser humano.

BLB: Está claro que sí. La Humanidad tal vez esté al borde de la auto-aniquilación. Si existe vida en cualquier otro lugar del universo no es descabellado pensar que otras civilizaciones, en otros mundos, han debido de aprender a controlar sus peores impulsos. La Humanidad está claramente en un momento decisivo, y el futuro podría ser perfectamente como el que vemos al final de El planeta de los simios.

 

ESQ: Tirando de maniqueísmos, ¿la obra de Bruce LaBruce nace a partir de ese lado oscuro del ser humano o del más luminoso?

BLB: Yo no miro las cosas en esos términos, como dices, maniqueos, como si todo fuera una relación binaria. Prefiero la línea freudiana. Una lucha constante entre el principio de placer y el principio de realidad. Nos debatimos entre la auto-satisfacción, el placer sexual, las cosas que nos gustan, y la asunción de que, por el bien de la civilización, hay que canalizar nuestras energías hacia causas altruistas que contribuyan al bien común. Esto no se puede entender como algo binario, sino como una lucha contra tu propia naturaleza, contra tu propia relación con la realidad. Lo cual implica también desarrollar una filosofía y una moral propias. Es un ejercicio de equilibrio, pero en general intento contribuir de forma positiva, y lo hago lo mejor que puedo.

 

 

ESQ: El problema es que no todos consideran positivas las mismas cosas. Por ejemplo, Gerontophilia, su penúltima película, gira en torno al fetichismo. Usted considera que la gerontofilia es como cualquier otro fetiche. Pero la sola palabra ya espanta a más de uno.

BLB: Es verdad que todo el concepto de fetichismo tiene, en general, connotaciones negativas para mucha gente, pero yo no lo veo así. Voy a volver con Freud. ¡Te advierto de que puedo ponerme muy freudiano!

 

ESQ: Puede ponerse todo lo freudiano que quiera, faltaría más.

BLB: Bueno, pues de acuerdo con Freud un fetiche es todo aquello que no contribuye directamente a la procreación.

 

ESQ: Todo, entonces…

BLB: Sí, según esa definición incluso un beso es un acto de fetichismo. Por mi experiencia, te diría que el fetichismo es a menudo un acto de idolatría, y la fijación sexual con un objeto concreto le otorga un carácter casi sagrado. Hay quien tiene fijación por los pies. No me parece que sea algo de mal gusto. No me da asco ni me parece poco higiénico. Lo mismo sucede con la gerontofilia. Un gerontófilo puede tener una fijación con las personas mayores pero, sobre todo, implica el deleite con todo lo que trae consigo la edad: arrugas, canas, andar encorvado… Y por supuesto la fascinación por la sabiduría y la experiencia de los mayores, o por lo cerca que están de la muerte, que nos pone cara a cara con nuestra naturaleza finita.

 

ESQ: Habrá fetiches, como mínimo, poco sanos también…

BLB: Hay fetichistas con fijaciones insanas, fetichistas autodestructivos, que normalmente necesitan infligir dolor a sus objetos de deseo. Pero los fetichistas con los que yo me he encontrado, o muchos de ellos, son muy románticos.

 

ESQ: Lo que me llama la atención del protagonista de Gerontophilia es que tiene novia. No me queda claro si lo suyo es algo sexual.

BLB: Lake, que así se llama, se siente atraído hacia los hombres mayores. En el fetichismo puede haber amor y pude haber atracción sexual. Él tiene novia, y la quiere, y probablemente se acueste con ella, pero con 18 años todavía no tiene muy clara su sexualidad. Eso es bastante habitual. Al final se da cuenta de que esta extraña atracción que siente por los ancianos no sólo se basa en el amor y la empatía. Hay un componente sexual. Pero el tabú social es tan brutal que al principio intenta negarse a sí mismo lo que siente; intenta anular ese deseo. De todas formas, no hay que tomarse la película al pie de la letra. Gerontophilia es una especie de metáfora sobre cualquier tabú sexual. La sociedad lo prohíbe pero en el fondo de la cuestión lo que hay es amor, respeto, empatía. Vuelvo a lo que te decía antes: para Lake, ese fetiche es tan poderoso que trasciende sus preferencias sexuales. Es algo sagrado.

 

ESQ: ¿Quiere decir que es posible que ni siquiera sea homosexual?

BLB: Probablemente sea bisexual. Como Freud, creo en la bisexualidad constitutiva; todos nacemos, digamos, con potencial para ser bisexuales, pero la mayoría de la gente determina su sexualidad por una conjunción de factores –hormonales, por ejemplo-, por su entorno. En el caso de Lake, la gerontofilia se impone a cualquier otro impulso. No sé si es o no realista. Eso la verdad es que me da igual.

 

ESQ: Supongo que también le dará igual lo que se considera o no normal. Sin embargo, en la sinopsis de la película encontramos la palabra ‘antinatural’. Lake se pregunta si lo que siente es antinatural. ¿Para él la conexión natural se daría entre juventud y belleza?

BLB: En realidad Lake le confiesa a Desiree, su chica, que cree que “hay algo que no funciona bien dentro de él”, pero no le dice que cree que es antinatural. Es Desiree quien le dice que es un revolucionario, porque va en contra de la naturaleza.

 

ESQ: ¿Cuál es su naturaleza?

BLB: La naturaleza, para cualquiera, se basa en el impulso reproductivo, y el impulso sexual conlleva buscar a un compañero del sexo opuesto, joven, fértil, atractivo. ¡Si hasta hay estudios que demuestran que los bebés son más receptivos a los rostros simétricos! Los convencionalismos sociales respecto a qué hace a alguien atractivo son muy poderosos, pero es posible que haya un componente biológico. Como Desiree le dice a Lake, él va en contra de esos convencionalismos, lo que a ojos de ella le convierte no sólo en alguien admirable, sino en un auténtico revolucionario.

 

ESQ: Tampoco le asusta a Lake enfrentarse a lo que para la mayoría es una tragedia: envejecer. De pequeños queremos ser mayores, pero poco a poco cumplir años va dejando de tener gracia. ¿O es otro convencionalismo?

BLB: Como dijo Bette Davis: ¡envejecer no es cosa de maricas!

 

ESQ: Creo más en Bette que en Charlton Heston, así que… amén.

BLB: No sé si eres gay…

 

ESQ: En principio, no.

BLB: Bueno, pues a muchos gays les cuesta aceptar la edad porque en la cultura gay hay una fijación con la juventud y la belleza.

 

ESQ: No es algo exclusivo de los gays.

BLB: Claro, pero a veces parece que en el ambiente gay la obsesión por la juventud sea más fuerte. Cuando somos pequeños, de niños, no tenemos presente la muerte ni sentimos que nos hacemos viejos, por eso a esas edades la gente mayor nos resulta fascinante. Son diferentes. No los juzgamos. A medida que crecemos y empezamos a ser conscientes de nuestra propia mortalidad, cuando la piel ya no está tan tersa, y perdemos el pelo, y hasta la memoria, entonces se convierte en una cuestión personal, tenemos que luchar contra el envejecimiento. Pero, históricamente, en muchas culturas, a los ancianos se les respeta y se les reverencia por su experiencia, incluso por su dignidad. Si no afrontas el envejecimiento y la muerte con filosofía, si te empeñas en negártelo a ti mismo, lo vas a pasar mal.

 

ESQ: Pero si dejamos a un lado cómo la sociedad trata a los mayores y nos centramos en el mero hecho de convertirnos en ancianos, ¿qué podemos sacar en claro? ¿Qué puede haber de maravilloso en ser un anciano?

BLB: Es que si la sociedad no tratara a los mayores como un estorbo, como si fueran grotescos, inútiles –un recordatorio de nuestra propia mortalidad-, entonces no nos daría tanto miedo envejecer y morir.

 

ESQ: ¿Se imagina con ochenta años? ¿Lo llevará bien?

BLB: No tengo ni idea de cómo afrontaré la vida cuando sea octogenario –toco madera-, pero lo que sí sé es que, por ejemplo, no experimenté el verdadero placer sexual hasta que llegué a la edad madura. Ahora disfruto de cosas diferentes de las que disfrutaba cuando era un chaval. Y de niño unas veces me sentía en la gloria y otras me sentía muy miserable. Supongo que lo mismo pasará cuando sea un anciano. En fin, la vida nunca es fácil.

 

 

ESQ: Quizá haya dado con la clave sin querer. El sexo. ¿Puede haber algo más frustrante que querer y no poder?

BLB: Lo creas o no, para alguna gente el sexo no es la mayor fuente de placer. Y hay gente muy mayor que tiene una buena vida sexual. Cuando me documentaba para Gerontophilia, descubrí que en las residencias de ancianos hay mucho sexo.

 

ESQ: ¿Se apuntó las direcciones?

BLB: (se ríe) Hace poco leí que en una residencia de Nueva Jersey unas ancianas contrataron a unos strippers para que les alegraran la tarde. Es más, hay un repunte del SIDA entre las personas mayores, porque nadie piensa que tengan relaciones sexuales en las residencias y no les conciencian para que tomen precauciones.

 

ESQ: Me va a obligar a repetir la pregunta anterior…

BLB: Oí muchas historias, en serio. En algunos sitios tienen que cerrar con llave las habitaciones de los hombres, porque las mujeres viven más, siempre hay muchas más mujeres, así que los hombres están muy solicitados.

 

ESQ: Alguno habría que se lo tomara con más calma.

BLB: Hablé con gente que casi se alegraba de no poder rendir como antes, como si se hubieran quitado un peso de encima. Al final todo depende de la biología y de la psicología. Depende de cada cual.

 

ESQ: Todo esto es fascinante, ¡y alentador! Pero volvamos con el artista. No tengo que decirle que cualquiera que googlee su nombre se topará con un montón de advertencias de esta índole: “Tienes que ser mayor de 18 años para acceder a este contenido”. ¿Qué cree que le convierte en un artista “sólo para adultos” a ojos del mundo? ¿Es el sexo? ¿La homosexualidad? ¿La blasfemia?

BLB: La pornografía, sin duda. Aunque me considero un artista que de vez en cuando ha trabajado en la pornografía, tienes que entender que he encajado muy bien dentro de lo que el mundo del porno demanda. He hecho fotos para revistas porno y he trabajado con actores porno en películas producidas por compañías porno. Tres de mis películas tienen una versión soft  y otra hard, pero incluso en las primeras, que se editaron así para festivales o para ser estrenadas en salas, hay sexo explícito. Eso es lo que te convierte en un artista “para adultos”.

 

ESQ: Sin embargo ha sido la blasfemia lo que más problemas le ha traído. Al menos en los últimos tiempos. Alguien plantó un par de bombas caseras, que afortunadamente no explotaron, en la exposición Obscenity, en Madrid. Fue mucho antes de los asesinatos de Charlie Hebdo, pero, ¿ya entonces sentía que su vida podía correr peligro por exponer según qué material?

BLB: Con aquella exposición sí que sentí que podía pasar algo feo. Incluso en la inauguración, los galeristas y yo estábamos preocupados por si alguien montaba jaleo. Antes de la exposición me dedicaron artículos en El Mundo y en El País, porque en las fotos de la exposición aparecía gente famosa (Alaska, Mario Vaquerizo, Rossy De Palma. NdR) y ya había habido alguna protesta. Así que lo de las bombas no me pilló del todo desprevenido. ¡Fue una locura!

 

ESQ: Lo que mucha gente se pregunta ahora, y estoy seguro de que se lo preguntaron en su día cuando expuso Obscenity, es: ¿hay necesidad de ofender a todos los fieles de una religión determinada? No hablo de si tenemos o no derecho a hacerlo.

BLB: Puede que cueste entenderlo, pero mi intención última no era ser blasfemo o insultar a una religión, aunque sabía que muchos católicos se lo tomarían así.

 

ESQ: Aun así siguió adelante.

BLB: La premisa de la exposición era explorar los cruces de caminos entre religión y el éxtasis sexual, y demostrar que la iconografía tanto religiosa como sexual puede ser muy parecida.

 

ESQ: Volvemos al fetichismo.

BLB: En cierta manera. De hecho, no sé por qué esas dos caras del éxtasis tienen que ser incompatibles: lo sexual puede ser espiritual y viceversa. También añadí imaginería basada en la hostia. Coloqué hostias en los ojos y las bocas de algunos de los modelos como símbolo de la censura –es mejor que la gente esté sorda, ciega y muda- y al mismo tiempo los convertí en una especie de profetas ciegos. Y si coloqué hostias en los genitales o en las zonas erógenas de otros modelos fue para poner de relieve el mensaje anti-sexo de muchas de las organizaciones religiosas.

 

ESQ: La hostia es el cuerpo de Cristo para los creyentes. Todo esto puede ponerlos, como mínimo, nerviosos. Ya oyó al Papa Francisco el otro día: “si te metes con mi madre, te pego un puñetazo en la cara”.

BLB: Sí, la hostia es literalmente el cuerpo de Cristo para los Católicos. Se coloca en la lengua, con un gesto que tiene algo de sensual, y lo devoran. Quería centrar la atención en esa sensualidad implícita en el ritual y en la representación clásica del éxtasis en la práctica religiosa, que rara vez se admite. Así que el mensaje era complejo. Desde luego, podría haber convertido la exposición en algo pornográfico, como muchos de mis otros trabajos, pero pensé que si le daba un tratamiento menos agresivo se entendería mucho mejor.

 

ESQ: ¿No sería mejor idea arremeter contra sujetos en vez de contra símbolos o iconos?  

BLB: A los símbolos de la Iglesia les da un uso equivocado la propia Iglesia, y eso es lo que critico. Aunque este nuevo Papa parezca encantador y sea supuestamente más liberal sigue negándose a promover métodos anticonceptivos, incluso en países arrasados por la pobreza y el SIDA, sigue sin permitir que haya mujeres sacerdote… Mi exposición tenía que ver con la hipocresía de la Iglesia, no era un ataque a las enseñanzas de Jesús. La Iglesia Católica ha reprimido su propia sexualidad y eso ha conllevado una epidemia de abusos sexuales. Eso se merece una crítica, lo mires por donde lo mires.

 

ESQ: No puedo evitar preguntárselo. ¿Se hubiera atrevido a hacer una versión musulmana de Obscenity?

BLB: No eres el primero que me lo pregunta. Alguna que otra vez he hecho fotos que coquetean con el Islam y la sexualidad, pero nunca una exposición entera. Supongo que al haber nacido en un entorno cristiano tiene más lógica que critique el Cristianismo. ¡Tienes que saber en qué jardines meterte!

 

ESQ: Habla de hipocresía, contradicciones. ¿Qué mayor contradicción que matar en nombre de religiones que, sobre el papel, hablan de amor al prójimo y misericordia?

BLB: Siempre ha habido una desconexión entre las enseñanzas de los profetas y cómo se han interpretado después –o malinterpretado- social y políticamente por las organizaciones religiosas a lo largo de la historia. Después está la negativa tajante de los fundamentalistas a aceptar que los profetas eran humanos cuyas palabras hay que encuadrarlas en coyunturas históricas muy concretas, que deberían preocuparse más por la esencia de esas palabras que por seguirlas al pie de la letra. Lo que en realidad falta en esas religiones es espiritualidad.

 

ESQ: Y ahora “todos somos Charlie”, y nos preocupa mucho la libertad de expresión, aunque en todos y cada uno de los países occidentales haya tabúes que nadie se atreve a tocar. En España solía pasar con la monarquía, en Estados Unidos con el aborto… ¿No le recuerda a aquella frase que le atribuyen a Roosevelt? “Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

BLB: Es una pregunta complicada. En todas las sociedades hay estándares respecto a las formas, al buen gusto. En otros tiempos, los que transgredían esos estándares lo hacían desde el underground: películas de serie B, cines porno, revistas que te pasaban bajo cuerda. Era algo que tenías que buscar a conciencia, si es que te interesaba. Pero con la llegada de internet todo eso está disponible. Es de dominio público.

 

ESQ: ¿Qué relación hay entre eso y la censura, o la libertad de expresión?

BLB: Que ahora depende de cada uno –de los padres, por ejemplo- decidir qué se ve y qué no se ve. Hay más libertad de expresión que nunca, en ese sentido. Lo irónico de un acto como el de Charlie Hebdo es que convierte algo que era quizá marginal, o que se circunscribía a un público concreto –en este caso el francés-, en un fenómeno mundial. Es lo que buscan los terroristas: crear una brecha entre culturas, o religiones. Es una paradoja; intentas eliminar algo y lo haces mucho más visible de lo que nunca fue. Pero creo que me estoy yendo por las ramas. Volviendo a lo que me has preguntado antes, hay otra gran paradoja: quienes apuestan por la libertad total de expresión tienen que apoyar leyes que protegen incluso a los extremistas, o a los terroristas. Cuando calificamos de crimen algo como la apología del terrorismo entramos en un terreno delicado que se presta a demasiadas interpretaciones. Hablando en plata: no habría transgresión si no existieran las leyes. Las normas tienen que estar ahí para romperlas.

 

ESQ: Voy a aprovechar ese concepto, el de la transgresión, para volver al cine. Quería que habláramos de compañeros suyos como Almodóvar o John Waters. De cómo se han desarrollado sus carreras. De aquel Almodóvar de los comienzos, corrosivo, ofensivo, salvaje, no queda casi nada. A Waters le queda algo más, pero tampoco es ni la sombra de lo que fue. ¿Qué les ha pasado? ¿Ha sido el dinero? ¿La fama?

BLB: No me gusta nada cuando la gente, sobre todo los periodistas, dicen de un artista, o de un cineasta, que se ha vendido. Incluso aunque haya algunos que se venden más que otros.

 

ESQ: Por eso quería analizar el fenómeno.

BLB: Se puede entender de otra manera. Almodóvar y Waters han evolucionado. Sus primeros trabajos eran radicales y extremos, y por eso se convirtieron en artistas de culto. Y de ahí llegaron a un público más grande. Cuando estás en ese punto quizá quieras encontrar la forma de hacer tu trabajo más accesible sin traicionar tus principios. Eso no quiere decir que dejes de ser subversivo. A lo mejor eres más sutil. Si tengo que hablar por mí, también hay un punto en el que te planteas que ciertas cosas ya las has hecho, y quieres ir más allá. Ya has explorado todo lo que tenías que explorar en un género concreto. No lo veo como una forma de venderse. No necesariamente. Claro que hay artistas que se venden a cambio de fama o dinero, y suele ser evidente, pero a menudo su obra pierde todo el valor. Yo estoy al cien por cien con los artistas que en un punto de su carrera se niegan a darle al público, ni siquiera al público más fiel, lo que quiere. Algunas veces tienes que cuestionarte tu propia obra para poder avanzar. Tienes que ser capaz de hacer autocrítica, y a veces eso conlleva cambiar el enfoque radicalmente.

 

ESQ: ¿Considera que, en su obra, también ha levantado el pie del acelerador?

BLB: Por supuesto que si alguna vez hago una película con buen presupuesto, en la que no haya sexo explícito, habrá quien diga que me he ablandado, que estoy flaqueando. La gente es muy predecible. Pero, si te soy sincero, no he levantado tanto el pie del acelerador como alguna vez pensé que haría. Después de Gerontophilia he estrenado una película experimental, Pierrot Lunaire. Con poco presupuesto, en blanco y negro, totalmente anti-narrativa… ¡Si me estoy vendiendo lo hago fatal!

 

ESQ: Está el caso opuesto a ese giro radical del que hablaba. Tipos como Damien Hirst, que parecen muy condicionados por lo que la gente espera de ellos. Si una obra de Hirst no escandaliza, no sale en los periódicos, no vende, y se acabó el chollo.

BLB: A mí la obra de Hirst nunca me ha parecido especialmente escandalosa. Al fin y al cabo aquel tiburón en formaldehído podría estar en cualquier museo de Historia Natural. Lo que escandaliza es esa forma tan sangrante y cobarde de reducir el arte a meros objetos, sin mensaje, sin ninguna relevancia cultural.

 

ESQ: Por no mencionar que esa supuesta transgresión de Hirst y similares es una transgresión para ricos, que son los únicos que pueden permitirse adquirir sus obras.

BLB: Mira, soy un fan acérrimo de Joni Mitchell, una de las pocas personas en el mundo de la música que se ha negado a ceder sus canciones para anuncios. Es muy deprimente oír una canción de Bob Dylan, una canción protesta, anunciando una marca de bacon, o un banco.

 

ESQ: ¿Se revolvería Van Gogh en su tumba si supiera quiénes poseen sus cuadros hoy en día?

BLB: Es que ahora todo es desproporcionado. Esos precios de locura que se pagan en el mundo del arte son un indicativo de los desequilibrios que hay en la cultura occidental. Se paga muchísimo dinero por obras de arte, por las razones equivocadas: por poder, como inversión, por estatus. Es parte de la consolidación de las élites; el arte, cada vez más, se hace por y para los burgueses, y los artistas son cada vez más reacios a morder la mano que les da de comer.

 

ESQ: Podemos darle la vuelta a todo lo anterior y preguntarnos si el arte, necesariamente, ha de ser algo “para el pueblo”. Pienso en los que defienden las descargas gratis en internet, por ejemplo: porque la gente tiene derecho a acceder a la cultura, o al arte, gratis. ¿Es así? ¿El arte es un derecho o una elección?

BLB: Todo depende de la perspectiva. La gente que puede permitirse cualquier cosa rara vez tienen que pagar por las cosas. Es una paradoja, pero se da mucho. Lo que hay que preguntarse es por qué una obra de arte, un disco, una película, tiene valor. Si es por lo que representa, por el mensaje, si es por una razón estética, o porque, como objeto, tiene ese valor. Cualquiera puede ponerse delante de una obra de arte, pero, ¿la miran porque les emociona? ¿Porque les hace pensar? ¿O la miran porque alguien les ha dicho que tiene mucho valor? Pero en el tema de internet, en general, estoy a favor de las descargas gratuitas. Esas empresas tienen unos beneficios bestiales, así que deberían ser más generosos con el arte que promueven.

 

ESQ: ¿Recuerda La gran oferta? Geoffrey Rush y su colección privada de madonnas. Sólo él las disfruta. Sólo él sabe cuidar de ellas.

BLB: Sí, es un poco como el síndrome de Vivian Maier. Era una fotógrafa fabulosa, y cuando murió se supo que la mayoría de su obra nunca había sido expuesta. Yo creo que es mucho mejor que la gente pueda disfrutar de su trabajo gracias al documental que rodaron (Finding Vivian Maier. NdR).

 

ESQ: ¿Pero no se le coge un pellizco en el estómago cuando ve a la Gioconda rodeada de cincuenta turistas con sus iPhones? Es como un pelotón de fusilamiento.

BLB: Así es la cultura moderna. Yo he visto a turistas haciéndose selfies en los hornos de Auschwitz. Es la cultura del narcisismo, y tiene muy mal sentido de la oportunidad y el decoro.

 

 

ESQ: Waters siempre ha declarado que hace películas para los que no encajan, para los raros. ¿Para quién las hace usted?

BLB: Estoy totalmente de acuerdo con John. Mis películas siempre han tratado sobre maginados, y están dirigidas a los marginados. A los que no encajan en ningún sitio. ¡Alguien tiene que defender sus derechos! Ya hay suficiente gente haciendo películas sobre personas normales, cortadas por el típico patrón hetero.

 

ESQ: ¿Hay mucha diferencia entre lo que significa el porno en el imaginario colectivo y lo que usted ha hecho?

BLB: Verás, es que yo siento que sólo he coqueteado un poco con la industria del porno. Ha sido una relación superficial.

 

ESQ: Aun así le han dado premios por su trabajo.

BLB: Sí, claro. Unos cuantos. Lo que quiero decir es que, aunque mi carrera no haya girado en torno a la pornografía, siempre me he solidarizado con los pornógrafos y hasta he llegado a presentarme como pornógrafo. El porno clásico de los setenta me influyó muchísimo. Aquel porno tenía mucho de artístico, hasta de político. Pero aunque intento aplicar un poco de aquella sensibilidad a mis obras más explícitas, de alguna manera sigo siendo un pornógrafo. O, como he titulado mis memorias prematuras: un pornógrafo reticente.

 

ESQ: ¿Cuándo perdió la pornografía la pretensión artística?

BLB: El porno, al principio, lo hacía una generación de artistas completamente distinta. Algunos eran idealistas que querían expresarse con libertad, abiertamente. Creían en ello. Otros lo veían como parte de la revolución sexual, sobre todo si hablamos de homosexualidad. Como entonces se utilizaba el celuloide, que requiere de profesionales cualificados, muchos de los pioneros del porno se ganaban la vida en la industria del cine y “tomaban prestado” el equipo para hacer porno en su tiempo libre.

 

ESQ: Muy Ed Wood.

BLB: Eso es. Algunos eran tipos muy sofisticados, cultivados, con aspiraciones artísticas. Sobre todo, como te decía, en el ambiente gay. Así que el porno heredó mucho del cine convencional y de sus técnicas. Todo. La forma de narrar, los personajes, la estética, el sonido…

 

ESQ: Había que ir a una sala a ver pornografía.

BLB: Y el vídeo lo hizo mucho más accesible. La influencia de la narrativa cinematográfica y las pretensiones artísticas se redujeron a algo marginal. Con internet llegó la sobreexposición, y ahora todo se reduce al acto sexual. Por desgracia.

 

ESQ: Su última película, Pierrot Lunaire, tengo entendido que es la primera que no ha escrito. Aunque ha mezclado la obra de Giraud y Schönberg con una historia genuinamente LaBruce.

BLB: Es una adaptación. Aunque me he mantenido fiel a la obra original, quise introducir un elemento narrativo nuevo, basado en una historia real.

 

ESQ: Una chica que se viste de hombre, y comienza una relación con otra chica. No sé si lo suyo es travestismo o un caso de transexualidad.

BLB: En mi versión, Pierrot es transexual. Nació mujer, se siente hombre, toma hormonas.

 

ESQ: Hábleme un poco de esa historia real.

BLB: La historia real sucedió en Toronto, en 1978, muchísimo antes de que existiera ningún tipo de apoyo, político o cultural, para los transexuales. No existía una comunidad transexual. Al personaje lo ridiculizan, le obligan a vivir una mentira. Le señalan como pervertido.

 

ESQ: ¿Es una historia sobre la identidad sexual o sobre el amor?

BLB: Sobre todo, tiene que ver con la identidad sexual, con la transexualidad, y con una sociedad que sólo acepta unos roles sexuales muy concretos.

 

ESQ: Pero, ¿puede uno enamorarse ignorando esas identidades sexuales?

BLB: Sólo tienes que pasar un tiempo en la cárcel, o en el ejército.

 

ESQ: (Risas) Ahí quería llevarle. Porque tengo la impresión de que la bisexualidad es algo que se encaja de forma más o menos natural si la aplicamos a las mujeres, pero en los hombres es un absoluto tabú.

BLB: Hay muchos hombres bisexuales, pero nadie les cree cuando lo dicen. A la gente le gusta pensar en términos de blanco o negro, y piensan que uno se engaña a sí mismo si cuenta que se siente atraído hacia ambos sexos. En general, aquí estoy de acuerdo con Alfred Kinsey, que creía que existían diferentes niveles entre la heterosexualidad absoluta y la homosexualidad absoluta, y que la mayoría de nosotros estamos en la zona intermedia. Igual que existe la “heterosexualidad obligatoria”, está la “homosexualidad obligatoria”. Forma parte de la naturaleza conformista de la mayoría de la gente, que les hace querer decantarse por una u otra tendencia. Y pasa entre heterosexuales y homosexuales. Muchos gays no se fían de un hombre que parezca más gay que otra cosa pero diga que es bisexual. Se niegan a creer que pueda tener impulsos hetero.

 

ESQ: ¿Y el futuro? ¿Tiene género el futuro?

BLB: La verdad es que no soy muy partidario de las teorías que rechazan el género. Prefiero la idea del multi-género, como la de los multi-universos. En vez de dejar a todo el mundo sin género, todos deberían tener el potencial para explorar el género que más les guste.

Bruce LaBruce, El artista en el alambre.
Enrique Campos / Esquire España / Enero 2015.

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