El señor Dennis Cooper lleva más de media vida dedicado a dar la palabra a todos aquellos elementos que la sociedad etiqueta como aberraciones, a los desperfectos de la gran pirámide americana. Allí donde el ciudadano modelo levanta una empalizada para separarse de disfunciones y parafilias, Cooper, novelas, poesía o arte conceptual mediante, coloca una carga de nitroglicerina para dejarle desnudo, indefenso, ante la única realidad: lo normal no existe, los estereotipos no funcionan. Sólo hay una constante en eso que entendemos por sociedad, y esa es la anomalía.

 

Este angelino que mamó de la teta del punk, persona non grata para el puritanismo pero también para esa progresía que de progresista sólo tiene el nombre, es, cómo no, todo lo contrario a los prejuicios que su obra pudieran engendrar. De trato exquisito, enemigo de las denominaciones de origen, representa al verdadero anarquista, el que se conduce con el “vive y deja vivir” tatuado en la frente.

 

El autor de la saga George Miles responde a esta entrevista con un billete de avión en la mano y a punto de facturar el equipaje. Vuelve a la que se ha convertido su patria adoptiva; vuelve a Francia. Entre las calles parisinas que vieron alternar a Genet, a Simone de Beauvoir, a Leduc, a Duras, nuestro interlocutor se perderá hasta nuevo aviso.

 

Viene de una familia burguesa. Su padre fue amigo del mismísimo Nixon. Y va el pequeño Dennis y se convierte en el escándalo hecho escritor. Me encantaría conocer la opinión de su padre sobre su obra.

Bueno, tienes que entender que mi padre venía de una familia muy, muy pobre. Después ganó muchísimo dinero y se convirtió en alguien importante porque eso le convenía, aunque no se puede decir que fuéramos una familia burguesa. Mis padres conocían a gente famosa pero yo no tuve contacto con esa gente. Vivíamos en una casa grande, nada más. Aparte de eso, mi vida era como la de cualquier otro chaval de clase media. Mi padre receló de mi trabajo como escritor durante mucho tiempo, pero al final se dio cuenta de que tenía éxito, así que obvió todo lo demás y se sintió orgulloso de mí por eso.

 

¿Leía sus libros?

No, no leía mis libros. Nadie de mi familia ha leído jamás uno de mis libros. Hacen como si no los escribiera. (Risas)

 

¿La escritura fue una suerte de motín contra lo que sus padres representaban?

No, no hubo ningún motín. Ni contra mis padres ni contra el entorno en el que crecí. La escritura surgió sin más, de ningún sitio en particular. O debería decir que surgió de ningún sitio dentro de mí.

 

 

Me pregunto si cuando alguien habla de literatura extrema, y definitivamente ese sambenito se lo cuelgan a menudo a Dennis Cooper, en realidad quiere decir “literatura que se ocupa de cuestiones que preferimos tener ocultas en el armario”.

Creo que sería más acertado decir que esa gente lo que quiere es que sea la imaginación la que esté oculta, o muy censurada. Nunca he entendido por qué a la gente le cuesta tanto asumir la diferencia entre el mundo ficticio, el de la imaginación, y lo que ellos creen que es el mundo real. Supongo que hay miedo a que se rompa la barrera que separa esos dos mundos.

 

¿Y dónde queda la máxima de que la realidad supera siempre a la ficción?

No creo que esa barrera se pueda romper. Es que no hay relación entre lo imaginario y lo real. La realidad es algo colaborativo, la imaginación es nuestro reino personal, en el que lo controlamos todo. La ficción tiende un puente secreto entre la imaginación del artista y la del lector.

 

 

Pero, comparados con lo que vemos en los telediarios, sus libros –y los de cualquiera- son tan inofensivos como Bambi.

Cuando ves las noticias, la violencia en el mundo real, estás protegido. Da igual lo gráficas que sean las imágenes, lo dolorosas que puedan ser; siempre son una abstracción y nadie te pide que les des forma en tu imaginación o que encuentres ejemplos de conductas parecidas en tu día a día. La cosa se queda ahí. Como mucho, te piden tu opinión; es como un cuadro o una fotografía. A mis obras no les interesa la opinión de la gente. Yo intento crear situaciones que te obliguen a participar, que no puedas distanciarte lo suficiente como para opinar. Si lo hicieras, dejarías de leer.

 

Le habrán preguntado más de una vez si lo que el mundo necesita es precisamente más violencia. Violencia también en el arte.

No creo que el mundo necesite nada del arte.

 

¿No entiende la escritura, en su vertiente creativa, como la forma de expresión definitiva para comprender el alma humana?

No, no lo veo así. Creo que la música, las películas, el teatro, son igual de importantes, como lo es la propia relación entre los individuos. De entrada, no creo en el alma humana. Cada persona que he conocido era diferente, especial; eran un misterio hasta que llegaba a conocerlos de verdad, si es que llegaba a ese punto.

 

Una canción, una película, siempre nacen de la escritura.

Bueno, claro, visto de esa forma. Sí, obviamente es fantástico que ciertas obras hayan sobrevivido para que podamos sentir lo que sentían sus autores. El problema es que nunca tomo como modelo la obra de nadie para conocer a otra persona que no sea su propio autor. No me gusta pensar en el arte como algo que me cuenta cosas del ser humano.

 

¿Habría llegado el ser humano tan lejos de no ser por los libros? Sólo a base de tradición oral…

Como ya te puedes imaginar, hay una parte de mí que se pregunta qué pasaría si ningún libro sobreviviera de una generación para otra –hablo de literatura, de escritura creativa, no de otro tipo de libros-. ¿No sería emocionante pasar por la vida teniendo la sensación de que cada obra de arte es totalmente original y fresca?

 

¿Y ahora? ¿Es la literatura una especie en peligro de extinción? Estamos en la era de los 140 caracteres.

En absoluto. La literatura tiene tan buena salud como siempre. Nunca he visto que deje de evolucionar y progresar. Lo que internet ha propiciado han sido nuevas formas de acercarse a la ficción y a la poesía por parte de los escritores, y una fabulosa oportunidad de acercarnos a la literatura sin depender de lo que nos enseñaron en el colegio o de lo que haya en la librería del barrio. Creo que, en todo caso, internet ha salvado a la literatura, ha evitado que se convierta en algo irrelevante. Ahora mismo, en los Estados Unidos, tanto la ficción como la poesía están más vivas que nunca. La literatura es más audaz de lo que nunca lo ha sido, se escribe y se lee con verdadera emoción.

 

Pasa buena parte del año en París. Se habrá dado cuenta, después de tanto tiempo, que la homosexualidad en la propia Francia, o incluso en países como España, que hasta hace muy pocas décadas vivían en el más puro oscurantismo, ha dejado de ser el gran tabú. ¿Cómo es posible que esto no se dé en los Estados Unidos, el faro guía del mundo occidental? ¿Es sólo un tema religioso o hay algo más?

En el mundo del arte la homosexualidad ha dejado de ser un tabú en Francia, eso es cierto; pero sigue habiendo mucha homofobia. La gran diferencia es que, en Francia, ni los medios, ni los políticos, ni la mayoría de las organizaciones religiosas, alientan esa homofobia. Respecto a los Estados Unidos, el poder que tienen las organizaciones cristianas sobre los medios y los políticos representa desde luego buena parte del problema. Pero no sé… Yo soy anarquista, no creo en la identidad colectiva. Acepto que quien me ama y quien me desea me coloque en una determinada categoría, y acepto que la inmensa mayoría de la gente insiste en etiquetarse los unos a los otros; pero he llegado a la conclusión de que no sirve de nada discutir con quienes se empeñan en recurrir a estereotipos cuando quieren entender la conducta de alguien. Si te soy sincero, el tema de la homosexualidad no me interesa demasiado. Es algo que está ahí, y punto. No escribo sobre ello. Ni siquiera pienso sobre ello.

 

 

Su obra toca una fibra tan íntima que no sería extraño imaginar lectores que le escriben pidiéndole consejo, iluminación.

Me llegan muchísimos correos y todo tipo de regalos de gente a la que le gusta mucho mi trabajo, pero nunca se acercan a mí como si yo fuera ese consejero que dices o una especie de figura paterna. Sólo quieren tener la certeza de que las cosas que aman, o lo que hacen, lo que piensan, lo que sienten o sueñan, no tienen nada de malo. Que no están locos. No veo que se tomen nada de lo que digo al pie de la letra. Quieren que alguien les aliente a ser quienes son. A veces quieren convertir en arte todas esas cosas que les confunden o les asustan, o las que les excitan, y lo que buscan es que les diga: “Adelante, eso es una gran idea”. Y lo hago.

 

Le ha puesto voz al adolescente americano. Lo conoce bien. ¿Por qué cree que idealizamos de esa manera la adolescencia? ¿Qué hay de fascinante en esa época de nuestra vida que algunos tanto echan de menos?

Nunca he entendido la nostalgia. Nunca he sentido nostalgia de mi pasado, de nada de lo que haya podido hacer, y no entiendo por qué la gente sí la siente. Ese tipo de nostalgia es uno de los grandes enemigos de la vida misma. No sé por qué hay tanta gente que no se da cuenta de que lo único más emocionante e importante que el presente es el futuro.

 

Exactamente lo opuesto a “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Es que no lo entiendo. ¿Quizá cuando eran jóvenes fantaseaban con cómo sería su vida de adultos y nada fue como imaginaban? Los adultos a menudo parecen resentidos con la gente joven. Intentan competir con ellos. Pero, como no comprendo esa actitud, no puedo saber por qué es así.

 

Tal vez sea algo más idiosincrático de los Estados Unidos, donde es habitual cortar todo lazo con tu infancia y tu adolescencia al cumplir los 18. Te vas a estudiar lejos y raramente vuelves, salvo por Navidad. Recuerdo lo que decía el narrador al final de Cuenta conmigo: “Nunca he tenido amigos como los que tuve a los 13 años”.

Tampoco comparto esa idea de que los mejores amigos que tenemos son los que teníamos cuando éramos niños. Que esos eran los amigos de verdad. Pensar así debe de ser una pesadilla. Para mí no tiene ningún sentido.

 

En otros países con menos movilidad es habitual conservar tus amigos de la infancia. Porque sigues en contacto con ellos. Con los que te importan, al menos.

Pues los amigos que tengo ahora son los amigos más íntimos que he tenido jamás. Y la persona que quiero es la que más he querido en mi vida. ¡Ojalá pudiera darte una respuesta mejor! Todo esto de lo que estamos hablando me es completamente ajeno.

 

¿No cree entonces que ese romper con casi todo hace que en América muchos no encuentren la estabilidad emocional?

Me cuesta mucho generalizar. Ya te he dicho antes que soy anarquista. No creo que sea posible determinar qué es lo que le cuesta trabajo encontrar o no a la sociedad americana, ni creo que se pueda hacer algún tipo de lista. Son fantasías que nos lanzan los medios. Lo que sí se puede es tener una opinión sobre esas opiniones ajenas que parecen afirmaciones irrefutables. Se puede opinar sobre los medios que deciden cómo se siente o cómo piensa la sociedad americana. Qué quieren, qué no quieren. Luego producen reality shows con esas premisas, y ahí es donde empiezan a teledirigir la opinión de la gente. Sin embargo, la prueba de que todo eso no tiene ningún valor es que ciertas corrientes de pensamiento están supeditadas a una moda concreta, y el año que viene será otra.

 

 

El vacío emocional, o quizá debería decir cojera emocional, es lo que se arguye para explicar, por ejemplo, tanta matanza de instituto, tanto asesino en serie…

Pero no creo que haya conexión entre una cosa y otra. Precisamente creo que la manera en que los medios presentan esos incidentes –hablo de los tiroteos en los institutos- tiene más relación con el resentimiento hacia los jóvenes del que hablábamos antes, por parte de los que abrazan la nostalgia. A veces tengo la sensación de que muchos adultos piensan que los adolescentes deberían estar o bien llenos de erotismo o bien de sentimentalismo, y si no es así, no merecen la pena, son problemáticos.

 

Por la naturaleza de sus novelas le habrán llamado de todo. Psicópata, por ejemplo. Aunque el hecho de que empatice con un psicópata refuta esa acusación. Si hay algo que un psicópata es incapaz de sentir, eso es la empatía.

He llegado a empatizar con las fantasías de unos pocos asesinos, pero no con los actos que esas fantasías les llevan a cometer.

 

 

Me va a tachar de anti-americano pero lo cierto es que, excepto Jack el Destripador, los serial más célebres son yanquis. Con o sin contaminación de los medios, sí que parece que hay un cierto caldo de cultivo para esas conductas.

En teoría, América parece haber engendrado muchísimos más asesinos en serie que cualquier otro país. ¿Por qué? Quién sabe. Tiene que haber muchas razones; desde profundos problemas emocionales -que serán exclusivos de cada asesino y que nunca podremos comprender- hasta cuestiones más básicas como el pésimo estado de la Sanidad o lo fácil que es conseguir armas. O el simple hecho de que es un país gigantesco, lleno de zonas rurales, sitios donde no vive nadie, donde es más fácil que en otros países cometer un asesinato y ocultar el cadáver. Y seguro que hay otras razones que se me escapan. Muchas.

 

Hay escritores que se esconden detrás de las palabras, maestros de la estética. Y están los que escriben desde las entrañas, sin dejarse nada en el tintero. Aunque no le gusten los compartimentos estanco, ¿en qué se grupo siente más cómodo?

Diría que estoy en algún punto entre el escritor que cuida mucho la estética y la experimentación formal, y ese otro que utiliza la escritura y la ficción como una catarsis personal, para escapar de su propia confusión.

 

No es necesario abrirse el pecho en canal para firmar una obra maestra.

Te diría que muchos de mis escritores favoritos, si no la mayoría, son esos que se esmeran en el uso del lenguaje para crear auténticas obras maestras, y que no están tan interesados en mostrarse a sí mismos a través de su obra. En mi caso, siempre he tenido un montón de cosas dentro que necesitaba comprender, y lo he hecho a través de la escritura.

 

 

No se siente demasiado cómodo con la etiqueta de provocador. Ni con esa ni con ninguna, por lo que veo.

No, en realidad sí que me gusta provocar a la gente con mi trabajo, pero la provocación no es mi principal objetivo.

 

¿Los que ponen el grito en el cielo por su manera de mezclar sexo y violencia quizá olvidan que, por ejemplo, en el reino animal el sexo es cualquier cosa menos amor y ternura?

El sexo puede ser hermoso y puede ser feo, puede ser aterrador o sosegado, y todos los escalafones intermedios que se te ocurran. Y hay un millón de maneras distintas de escribir sobre ello, todas igualmente certeras, o imprecisas.

 

En cualquier caso, lo que nos separa del sexo más brutal que podamos imaginar es una conexión wifi y un clic de ratón. No sé si nos queda por ver algo realmente chocante en ese sentido.

Siempre queda algo. Porque cada acto sexual es completamente diferente. El porno sólo muestra los cuerpos, lo superficial, que es una fracción de lo que sucede cuando te acuestas con alguien.

 

¿El exceso de pornografía nos viene bien?

No tengo ningún problema con todo el porno que hay en internet, y que sea fácil acceder a él. Hablamos de adultos, claro. Que los niños accedan a ese material es una cuestión muy diferente. Creo que ese exceso de porno no significa gran cosa. No tiene importancia. Un orgasmo es un subidón, y a todos nos gustan los subidones. Fíjate, incluso aunque alguien prefiriera masturbarse viendo porno a estar con otra persona –y que conste que dudo que esa sea la razón por la que el porno es tan popular-, ¿qué más da? El sexo es sexo. La idea de que lo correcto, o lo sano, es practicar sexo con otra persona y que todo lo demás es menos real, o que está mal, me parece un poco rara. No entiendo en qué se basan conceptos como “sexo sano” o “sexo enfermizo”.

 

Más beneficios de internet: comentarios, opiniones, críticos aficionados por todas partes. ¿Le gusta leer lo que se dice de usted?

Me interesa lo que la gente escribe y dice de mi trabajo, sí.

 

¿Y sentarse luego a escribir con todas esas opiniones, buenas o malas, rondándole la cabeza? Es para volverse loco.

Pero es que me interesa saber cuál es la mejor forma de transmitir lo que en un momento dado quiero decir, y siento curiosidad por ver cómo afecta mi trabajo a la gente que lo entiende, o a la que le gusta lo que escribo, pero también por comprender por qué no gusta a otra gente. Sé que lo que hago no es fácil de digerir para muchos, por eso busco circunvalar esa actitud defensiva de algunos lectores, si es que puedo. Estudio las reacciones, las calibro, pero no es algo personal, no me afecta emocionalmente.

 

Le leo una de esas críticas espontáneas: “Este libro (Cacheo) me ha resultado desagradable. Aunque sé que esa era la intención del autor”. ¿Era su intención? No me refiero a Cacheo, sino de su obra en general. Imagínese que llega el día en que percibe que sus libros dejan indiferentes a los lectores, ¿dejaría de escribir?

Iba a ser complicado tener la certeza de que todos los lectores han dejado de sentir lo que sentían por mi trabajo. Eso son muchos lectores, y la mayoría ni siquiera opinan. ¿Te refieres a si cada crítico, cada persona que lee uno de mis libros me dijera que no sintieron nada?

 

Eso es.

Es un poco inverosímil. Pero no sé… De todas formas, yo sólo dejaría de escribir si lo que escribo me dejara indiferente a mí.

 

Ese mismo lector afirma que eligió su libro “intrigado por la sinopsis”. Y la sinopsis de Cacheo reza: “A los 13 años, Dennis descubre las fotos de un hermoso joven terriblemente mutilado, muerto a consecuencia de lo que parece un grotesco acto sexual”. Me pregunto qué esperaba encontrar en la novela. ¿Quería morbo, pero no tanto morbo? ¿Algo confortablemente desagradable?

Vete a saber. La gente está acostumbrada a enfrentarse a ese tipo de material a través del filtro de las películas de terror, de las noticias; los análisis psicológicos que siempre dictan sentencia. Mi obra no encaja en ninguna de esas categorías. No me extraña que algunos se sientan confusos con la forma en que trato esos temas. Les es algo totalmente ajeno.

 

Le gusta jugar con sus lectores. Incluso aunque ofrezca descripciones bastante gráficas, siempre deja aquí y allá huecos que tenemos que llenar con nuestros propios demonios. Otra propuesta inverosímil: si pudiera meterse en la cabeza de los lectores, ¿cree que lo que imaginan sobrepasaría con creces lo que usted había imaginado para una escena determinada?

Seguro que sí. Algunos lectores irán mucho más lejos. Pero, igual que con todo lo demás, me cuesta pensar en mis lectores como en un todo que pueda llegar a entender. Mi trabajo busca conectar con la imaginación de la gente, y saber que cada lector puede crear en su cabeza imágenes y fantasías absolutamente intransferibles después de leerme es acojonante.

 

“Los artistas son gente demasiado interesada en sí misma”. Esto es una cita suya. ¿No lo estamos todos? Incluso cuando somos altruistas hacemos algo por nosotros mismos, para sentirnos mejor.

No sé si dije “demasiado”, y si lo dije desde luego ahora no estoy de acuerdo con eso. No me gusta el concepto de “demasiado”. Y no estoy en posición de juzgar cómo de interesada por sí misma está la gente que no conozco. Me siento incapaz de hacer una afirmación global sobre el egoísmo humano. Alguna gente parece muy egoísta, pero otros carecen de ego. Es lo que me dice mi limitada experiencia. Limitada porque se basa en la gente que he conocido, que es un porcentaje ínfimo de la población humana.

 

Tengo curiosidad: ¿qué escandaliza a Deenis Cooper?

Las cosas normales: el racismo, la misoginia, la homofobia, la crueldad… la estupidez.

 

Terminemos apelando a su admirado Jean Genet. Decía Genet que “alcanzar la armonía en el mal gusto es el súmmum de la elegancia”. ¿Mejor ser honesto y tener mal gusto que conducirse con hipocresía y gusto exquisito?

Supongo que, para mí, eso del “mal gusto” o la creencia de que el gusto es algo que se puede medir, que se puede definir o consensuar, es una falacia. Es muy banal. No merece la pena tomarse en serio todo eso.

Dennis Cooper, Aquí un anarquista.
EC, noviembre 2014.

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