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Gádor, dando amor.

Gádor, dando amor.

Seguro que se han topado con ella en algún debate televisivo de esos en los que unos van con El País bajo el brazo, los otros dirigen sus periódicos nostálgico-falangistas durante los cortes para publicidad y al final todo queda en empate técnico. Habrán visto su fina estampa, de mujer moderna, mujer de hoy, mujer ‘cosmo’. Siempre impecable. A simple vista no percibiríamos diferencia alguna entre Gádor Joya, portavoz de Derecho a Vivir, y una ‘miembra’ de la chupipandi de Sexo en Nueva York. Hasta que abre la boca. Entonces deja a Torquemada a la altura del panadero de Barrio Sésamo. Aunque ni siquiera en ese momento revela Gádor su verdadera naturaleza. Como en el manifiesto que preside la página web de su fundación, la señora Joya esgrime hasta diez argumentos para sostener su aspiración última: el aborto cero. Hablan Gádor y su troupe de proteger al nonato y a la mujer, del efecto que tiene sobre la crisis que España no cuente entre sus filas con los cien mil bebés abortados en los últimos tiempos; se utilizan términos como fosa común, abolición, inconstitucional. Gádor es la Cristina Almeida de la causa anti-abortista, la Juana de Arco de los fetos que ya no podrán ponerse en la cola del paro como Dios manda… Un momento, ¿he dicho “como Dios manda”? Ustedes perdonen, es residuo de una educación católica. Porque eso, la palabra de Dios, es algo que jamás verán brotar de los labios de esta dama de hielo. Curioso, ¿no creen? Curioso que las plataformas civiles ultra-católicas, vengan del Opus Dei, los Legionarios de Cristo o el Camino Neocatecumenal no aludan ni por casualidad a su Dios, a su religión, que en sus manifestaciones no asomen estampitas ni imágenes del Papa. Nada. Sobre el papel Derecho a Vivir y similares no tienen absolutamente NINGUNA conexión con la Cristiandad. Son tan laicos como usted o como yo, ¡tan laicos como nuestra Constitución! Quédense con ese otro concepto: Constitución. Más adelante iremos con él.

¿Qué clase de comunidad religiosa ha de negarse a sí misma para hacerle tragar al personal su doctrina? Servidor nunca se esmeró demasiado en cuestiones teológicas, pero, si no recuerdo mal, aquél que tentaba a los desprevenidos disfrazado de otra cosa, nunca mostrando su verdadera identidad hasta que ya era demasiado tarde, era el mismo al que Alan Parker llamó Louis Cypher en El Corazón del Ángel. Sí, ya que nos hemos metido en la sala de cine, Gádor Joya y su clá guardan muchas similitudes con el aquelarre satanista de La semilla del diablo; ajenos al padecimiento del prójimo, capaces de someternos al peor de los sufrimientos si eso es lo que hace falta para imponer su voluntad. En este caso los fines de las plataformas pro-vida se dan de bruces con el concepto que antes pedía, amigos lectores, que tuvieran presente: la Constitución. Si tanto los unos como el otro apelaran al “por la gracia de Dios” su ley se llevaría un derechazo de anticonstitucionalidad, un buen gacho propulsado por el artículo 16.3, que reza tal que así: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal.”. Es capital, entonces, que Gádor esconda el cilicio, que Mariano ejecute sus genuflexiones en la intimidad y que todos entonen la milonga de los derechos del nonato y de la bondadosa mano tendida a la mujer para que no renuncie así como así a la maravillosa aventura de la maternidad. Da igual si esa maternidad va a traducirse en años y años de dolor y atenciones a un hijo que nació con graves discapacidades. Da igual. A Gádor le da igual la mujer. A Mariano, como bien hemos comprado –nosotros y la protagonista de estas líneas- le da igual cualquier cosa que no sea la intención de voto. Da igual. Pero si existe un infierno, en él nos veremos. Servidor dará con sus huesos allí por ateo, ellos por patear todos y cada uno de los pilares de su credo. Amor, comprensión, misericordia, humildad… Esos son trajes que Gádor Joya nunca va a vestir.

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