La-cabaña-en-el-bosque-2011Sólo de la deconstrucción nacerá el nuevo Mesías. Y sólo dinamitando lo establecido, lo aprendido, puede obrarse la verdadera deconstrucción para, tal vez, empezar de cero recomponiendo el viejo puzzle que se había tornado amarillento tras años y años junto a la ventana del desván. Necesitaba aire fresco el puzzle del cine de terror y Drew Goddard, con su ópera prima, ha soplado sobre él hasta arrancarle cualquier vestigio de polvo y telarañas. Un envite, el de Goddard, a la altura del de Seth Grahamme-Smith y su Orgullo y prejuicio, y zombies; tirándose a la piscina sin miedo a que en lo que su cabeza funciona como un reloj, un perfecto salto del ángel, termine en sonoro (y doloroso) espaldarazo ante la mirada del mundo.

La cabaña en el bosque es tan brillante en su engaño que puede que eso mismo haya jugado en su contra. ¿Por qué, si no, ha tardado casi tres años en llegar a Europa la película de terror más original del último lustro? No sería de extrañar que hasta los más listos de la clase no vieran en ella más que otro sub-producto que regurgita sin pena ni gloria lo que Sam Raimi ya paladeó hace 30 años. Una cabaña en mitad de un bosque tenebroso, cinco amigos –la rubia tonta, el drogata ocurrente, el deportista, la chica cuitada y estudiosa…- y sangre, mucha sangre. El abecé de los saldos de videoclub. Ahora bien, recordemos la palabra que abría estas líneas: DECONSTRUCCIÓN. Goddard, que como antiguo guionista de Perdidos sabe que ya no cabe originalidad que valga si no es mediante la intertextualidad bien entendida, nos sume en un glorioso desconcierto introduciendo elementos conocidos por todos aunque en absoluto previsibles para quien se enfrenta a un cinta de título tan ‘transparente’. Ahí comienza la diversión, para Goddard y para nosotros. ¿Qué tal unas pinceladas de Dead Set o de El Show de Truman? ¿Y si copiamos ciertos detalles de Cube? Mezclemos, agitemos y demos lugar a un clímax absolutamente delirante que nos subyuga en su delirio. “¡Yo no aguanto este sindios!”, gritaría Sazatornil con el tricornio calzado y dando tiros al aire; pero los dioses del cine de terror murieron hace tiempo, es necesario abrazar nuevas religiones.

Dirán que Drew Goddard no inventa nada, y tendrán razón. Pero, ¿acaso alguien ha inventado algo alguna vez? ¿Desde cero? No, ni siquiera sabríamos hacer fuego si un rayo y un árbol no se hubieran cruzado en el camino de nuestros antepasados. Lo de Goddard es cine de copia y pega, no hay nada en La Cabaña del Bosque que no hubiéramos visto antes, por activa o por pasiva. El secreto está en hacer de ese copia y pega un arte; qué copiar, cuándo copiarlo, dónde pegarlo. Lograr que aquel puzzle amarillento recupere todos sus colores y sus matices incluso aunque hasta la última pieza haya permutado su lugar. El amigo Drew triunfa allí donde Cowboys & AliensAbraham Lincoln, cazador de vampiros, u otros mashups fracasaron. Él no intenta gobernar el caos o canalizarlo a través de estructuras tradicionales. Goddard fomenta ese caos, esa incertidumbre. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que más nos aterroriza (y nos fascina)? Esta cabaña de los horrores devuelve al género de terror el que, en tiempos, fue su mayor aliciente: el factor sorpresa. Sin trampa. Sin cartón.

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