Sin-NombreCary Fukunaga lleva a cabo un retrato fiel (y por ende doloroso y violento) del mundo de las ‘maras’, pandillas de jóvenes delincuentes repartidas por toda Centroamérica con una sed inaudita de asesinatos y ajustes de cuentas. Cruza la historia de su ‘marero’ protagonista, en franca huída hacia delante tras haber traicionado a sus ‘hermanos’, con la de una chica hondureña que vive su particular viacrucis del inmigrante, destino a Texas. Un romance abocado a la tragedia pero que sirve a Fukunaga para lanzar su mensaje: esos jóvenes tienen como alternativas vitales o bien entregarse en cuerpo y alma a su pandilla/mara, con pocas probabilidades de llegar a viejos, o bien intentar dar el salto hacia el vecino rico del norte, algo que igualmente puede acabar en desastre.

Sin Nombre es un relato costumbrista que cuida estética y lenguaje (se hacen imprescindibles los subtítulos para aquellos que no dominen la jerga callejera del otro lado del charco) reflejando personas y situaciones sin hacer juicios de valor. Dentro de la miseria implícita y explícita en el viaje de los protagonistas, a bordo de trenes destartalados o a pie, el realizador californiano no deja de lado la fotografía de unos parajes y unos paisajes tal vez hostiles, pero a menudo hermosos.

Junto a la reciente Paraíso Travel, la cinta de Fukunaga se erige como exponente del cine social centrado en el drama transamericano de la pobreza, que huye de panfletos o demagogias. Aquí no hay tierra prometida que valga y, de haberla, el precio que hay que pagar para conquistarla se antoja demasiado caro.

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