Puede que ahora mismo tengas encima de la mesilla de noche un libro escrito por Andrew Crofts (Reino Unido, 1953) y ni siquiera lo sepas. Nunca vas a saberlo. Esa es la naturaleza de su trabajo: oír, ver, escribir y callar. Escritor fantasma, escritor por encargo, negro literario. Llámale como quieras. Previo cobro de generosos cheques, Crofts da forma a memorias, autobiografías, novelas de género, sagas literarias. Y desaparece de escena para que el “autor” estampe su firma en el manuscrito. Se codea con la élite de la élite, los que pueden permitirse sus servicios, y las editoriales se lo rifan. Aunque carde la lana para que otros se lleven la fama, esa lana hay que pagarla a precio de hilo de oro.

Trabaja en la sombra, en un negocio sombrío, opaco, pero su estatus le permite hablar abiertamente de la labor que desempeña, evitando con elegancia británica, por supuesto, cruzar las líneas rojas de la confidencialidad. Tiene entrada en la Wikipedia, web propia y de tarde en tarde edita libros, esta vez sí, firmados por él mismo, para alentar a futuros “fantasmas”. Con una de estas guías se pertrechó Robert Harris antes de desarrollar The Ghost, más tarde convertida en éxito de taquilla por Roman Polanski. ¿Es así la vida de un negro literario? ¿Ha experimentado Andrew las intrigas y las presiones que le quitaban el sueño a Ewan McGregor? Bienvenidos al fascinante universo de un ghostwriter de alto standing.

 

¿Tiene alguna idea de cuántos libros ha vendido?

Más o menos unos quince millones, que yo sepa.

¿Cómo fue aquella primera vez que alguien se le acercó y le pidió que escribiera algo que no iba a firmar?

Alguien a quien estaba entrevistando para una revista de negocios me dijo que una editorial le había encargado que escribiera tres libros, pero no tenía tiempo para hacerlo. Sugirió que lo hiciera yo. Él se quedaba con toda la promoción y la publicidad y yo con el dinero.

Cuando ve que algo que ha escrito para otro se convierte en un best seller, que ese otro se lleva todo el crédito, ¿no se siente algo celoso? Todos tenemos nuestro ego, nuestra vanidad.

Nunca me pongo celoso. Jamás. Lo que me siento es orgulloso por haber podido llevar el trabajo a buen puerto, y que tenga éxito. No tengo ningún problema con que otros firmen un libro que he escrito yo, porque es su historia, contada con sus propias palabras (enfatiza esos “su”). Son sus libros, yo me limito a escribirlos para ellos. Si el fantasma es bueno en lo que hace escribirá exactamente el libro que el autor hubiera escrito si hubiera podido.

¿Inspiró The Ghost, de Polanski?

Robert Harris, que escribió la novela que Polanski adaptó, tenía en mente una historia sobre un ex Primer Ministro –supuestamente basada en Tony Blair- que se entrevistaba con un escritor fantasma para trabajar en sus memorias. Entonces Robert se dio cuenta de que sabía muy poco del mundo de los escritores fantasma. Compró un libro que yo había escrito sobre el tema, Ghostwriting (Ed. A&C Black) y ahí encontró mucho material que podía serle útil. Después me pidió permiso para colocar citas de mi libro al comienzo de cada capítulo. Muchas de las cosas que dice el protagonista son cosas que había escrito yo.

¿Le gustó el personaje de Ewan McGregor?

La película es una adaptación muy fiel de la novela; Harris y Polanski trabajaron juntos en aquel guion. Así que no veo mucha diferencia entre el personaje del libro y la interpretación de Ewan. Los dos me gustan, sí.

Aquel personaje parecía un fantasma de verdad. Tenía libertad para moverse por la casa del pez gordo, oír todo lo que hubiera que oír, ver todo lo que hubiera que ver. Cuando uno trabaja para políticos, gente poderosa, ¿siente a veces que sabe demasiado?

Bueno, uno nunca llega a saber demasiado de nada. Pero, para este oficio, sin embargo, conocer muchos detalles puede ser contraproducente. Puede no ser lo mejor para la narración.

Supongo que hay muchos libros que ha escrito de los que no puede hablar con nadie. Ni siquiera con su familia.

Claro, he escrito muchos libros para los que firmé contratos de confidencialidad. Eso me obliga a no hablar nunca de ellos; si los escribí, si no los escribí. No puedo decir nada.

¿Qué hace con todas esas cosas, esos detalles, que sabe pero nunca ha llegado a utilizar?

Esas me las guardo en la cabeza, así voy entendiendo cada vez un poco mejor cómo funciona el mundo.

Pongamos que está trabajando para un poderoso, alguien que conoce secretos, secretos de estado, quizá. ¿Toma medidas de seguridad? Algún periodista podría querer echarle un vistazo a sus notas. ¡Yo lo haría!

(se ríe) Si hay ese tipo de secretos de por medio lo habitual es que trabaje en casa del cliente, o en algún lugar donde estemos seguros y lejos de miradas indiscretas. Sobre todo, lo que hago es no hablar con nadie de lo que estoy haciendo, así nadie viene a husmear.

¿Se ha encontrado en situaciones, digamos, tensas?

Siempre hay cierta tensión cuando empiezas a trabajar con alguien del perfil que estás describiendo, pero depende de mí que todo fluya, que todos nos relajemos. Que puedan estar tranquilos y ganar confianza.

Creo que podemos colocar este tipo de encargos en varios compartimentos estancos.
Todo el mundo sabe que los políticos y los famosos, por regla general, no escriben sus autobiografías. No son escritores. Aquí no hay engaño. Pero los libros de ficción son una cuestión muy diferente; cuando Fulanito de Tal aparece como el autor de una novela que no ha escrito. ¿Cree que Fulanito duerme bien por las noches?

No puedo hablar por los demás. Te puedo decir cómo duermo yo. Y duermo muy bien, no está en mi mano decirle a la gente lo que tienen que hacer.

Esa es una respuesta muy británica, pero imaginemos el escenario opuesto. ¿Cómo dormiría si fuera ese autor que no escribe los libros que firma? 

Tú serías un buen abogado.

(Risas) No se crea, no se me da bien bailar con el diablo.

(se ríe) Mira, esto es sólo una opinión personal, no implica que lo que otros hacen me parezca mal. Si yo contratara a alguien para que me ayudara a escribir una novela querría que esa persona tuviera el crédito que se merece. Aparecería su nombre junto al mío en la portada. Pero cada cual es cada cual.

No cree que haya una encrucijada ética en este mundo en el que se mueve.

Por supuesto que hay una encrucijada ética. Pero la gente con grandes disyuntivas éticas, o morales, a menudo son las que inspiran las mejores historias. Son más interesantes.

Perdone que insista, pero… Suponga que va a comprar un Stradivarius. Está contentísimo con su nuevo violín. Tiene la apariencia de un Stradivarius, suena como un Stradivarius, pero un día un experto en violines le dice que su violín no es obra de Stradivarius. ¿No cree que el lector de una novela podría sentirse así de defraudado si supiera que ese escritor al que venera no ha escrito ni una coma de su último libro?

Mientras Stradivarius supervisara la fabricación del violín, me alegraría de que empleara a otros artesanos y les cediera parte del negocio. Si sólo fuera trabajo manual, mecánico. Además, estoy seguro de que Stradivarius no fabricó cada violín que lleva su sello.

Empiezo a entender por qué está usted tan solicitado. Sería mejor abogado que yo.

(se ríe)

No vamos a utilizar la palabra “ilegal”, pero por la parte que les toca tanto al autor como a la editorial, ¿no se está cometiendo el fraude del Stradivarius?

Insisto, es mi opinión y nada más, pero creo que en alguna parte del libro debería dejarse constancia de que el autor recibió ayuda a la hora de escribir. Si esto nos es la práctica habitual es porque así llevan funcionando las cosas desde hace mucho tiempo. Pero presumo que, en el futuro, todo el mundo será menos reacio a hablar de esto y las cosas estarán más claras.

Y ya que estamos, podemos meternos en arenas movedizas y preguntarnos si es posible que un libro “por encargo” pueda ganar un premio literario. Es decir, un amaño en toda regla.

Esos son asuntos un poco turbios, desde luego.

Un poco, sí…

(se ríe) De todas formas, si un libro que yo he escrito para otro ganara un premio, me sentiría orgulloso de haber participado. Aunque tengo que confesarte que no le doy demasiadas vueltas a estos temas legales. Lo importante para mí es que el autor esté tranquilo y se sienta cómodo. Si esto es así, yo estoy dispuesto a firmar cualquier cláusula que me pongan delante.

Pero de alguna forma despachará esos asuntos legales, más allá de firmar un papel.

Si hablamos, por ejemplo, de contratos de tipo económico, tiendo a dejar que sean la editorial y el autor los que propongan los términos. Podemos solucionarlo intercambiando correos o el autor puede contratar a un abogado para revisar cualquier fleco. Depende de él. Si el trabajo sale bien, sé que todos estaremos contentos. En lo personal y en lo económico. Pero si hay un agente de por medio, entonces sí que todo se vuelve mucho más formal. Los agentes no pueden permitirse que algo salga mal, porque su único propósito en la vida es precisamente conseguir que se firmen contratos.

¿Cómo son esos contratos más “formales”?

En la mayoría de las agencias los contratos contienen cláusulas que protegen tanto al autor como al fantasma de ellos mismos.

¿De ellos mismos?

Sí, para evitar que el uno diga o escriba del otro algo que no es cierto, que le calumnie. Esto es muy útil cuando el libro va a tocar un tema controvertido. Aunque mi actitud es la misma: firmo lo que me pongan por delante siempre que se ajuste a lo que entiendo que es justo.

¿Y si algo se tuerce de verdad? Si intuye que tratan de no darle lo que le corresponde.

Si eso sucediera no me molestaría en ir a juicio, gastarme dinero en pleitos y demás. Cortaré mi relación con esa persona o esa editorial y pasaré al siguiente encargo. Hasta ahora no he tenido experiencias de ese tipo. La relación casi siempre ha sido satisfactoria para ambas partes. Lo más habitual es que vuelvan para un segundo encargo, incluso para un tercero.

¿Recibe dinero en concepto de derechos de autor?

Eso depende del tipo de contrato. Pueden compartirse los derechos del libro, y eso durará mientras el copyright esté en vigor, pasará a tus hijos, etcétera, o se puede acordar un único pago para que todos los derechos presentes y futuros queden en manos del autor. Aquí el fantasma no obtendría ganancias por una adaptación cinematográfica, royalties… Si puede elegir, el fantasma tiene que meditarlo bien y decidir qué opción es la más rentable.

Si quisiera reclamar la autoría de alguno de los libros que ha escrito, ¿qué pruebas, qué herramientas tiene para hacerlo?

Nunca voy a necesitar probar que soy el autor de esos libros, créeme. Si el autor quiere contar que utilizó mis servicios, adelante. Eso es cosa suya. Y desde luego ningún fantasma rompería la relación de confianza con el autor y anunciaría a los cuatro vientos que es quien en realidad ha escrito el libro. Sería una estupidez. No iba a encontrar muchos más clientes después de hacer algo así.

Me ha comentado que algunos escritores lo que hacen es pedirle ayuda para escribir un libro determinado. Para que les libere las musas, por utilizar un buen eufemismo. ¿Alguna vez le piden que escriba una novela desde la primera hasta la última página?

Sí, a veces las editoriales te piden que escribas el libro entero, pero yo siempre pido conocer al autor. Necesito conocerle y saber cómo escribe para poder hablar su idioma. Pero en la mayoría de los casos el autor tiene una historia que no es capaz de sacar adelante, así que contrata a un fantasma. Otras veces las editoriales consideran que les vendría bien publicar un libro firmado por una persona famosa, y en ese caso el fantasma hace todo el trabajo. El famoso puede que tenga alguna sugerencia que hacer, que quiera involucrarse en el proceso creativo, pero a menudo se mantienen al margen y lo dejan todo en manos del fantasma y la editorial. Hay otra posibilidad, y es que la editorial decida publicar una saga, una de libros para niños, una serie de libros eróticos. Entonces se inventan un autor y contratan a unos cuantos fantasmas para escribir esos libros que se editarán bajo una firma inventada.

Y estos famosos que se desentienden del proceso, ¿cómo se manejan en las entrevistas? Ya es difícil hablar de lo que uno ha escrito, imagínese hablar de lo que ha escrito otro para ti.

Algunos no se andan con rodeos. Recuerdo que Ronald Reagan dijo que había oído que su autobiografía era muy buena, y que estaba deseando tener tiempo para leerla. (Risas) Pero en la mayoría de los casos nunca les preguntan nada demasiado concreto. Además, es gente que está muy acostumbrada a ponerse delante de las cámaras, a hablar de sí mismos, de sus vidas. Se manejan muy bien en esas situaciones. Pero ya lo has dicho tú: a algunos escritores les cuesta hablar de sus propios libros. Pasa mucho tiempo desde que los escriben hasta que se publican, luego tienen que salir de promoción ir a convenciones, a ferias del libro, a tertulias. Si para entonces han pasado uno o dos años es muy probable que no recuerdes muchas de las cosas que escribiste. Así que no hay mucha diferencia a este respecto entre quien escribe el libro que firma y quien no.

¿Trata de imitar el estilo de los autores para los que trabaja?

El estilo se define después de charlar con el autor. Te fijas en cómo se expresa, cuáles son sus inquietudes, de qué quieren hablar. Es como escribir un monólogo muy largo para un personaje de una obra de teatro.

¿En esos libros nunca se cuela un poco de Andrew Crofts?

A lo mejor dejo algo de mí, pero lo ideal sería que no quedara nada. Espero que nadie sea capaz de deducir si trabajé en tal o cual libro. Eso querría decir que estoy haciendo bien mi trabajo.

Siempre hay un runrún respecto a escritores como Stephen King, tan prolíficos, tan eficaces. Como si pusieran el piloto automático, y a tirar millas. Al menos en su material más arquetípico. King tiene unas herramientas y sabe cómo usarlas. ¿Y usted?

Hay técnicas muy básicas, reglas narrativas, que cualquier escritor puede utilizar cuando trabaja en un libro, pero mi guía principal es lo que el autor me cuenta.

¿Qué tiene que ofrecer el escritor fantasma ideal? ¿Eficiencia? ¿Discreción? ¿Talento? Estoy seguro de que muchos escritores leerán esto y se preguntarán por qué a ellos no les ofrecen un cheque de seis cifras por escribir un libro.

Te piden las tres cosas. Que seas eficiente y cumplas los plazos, por supuesto discreción absoluta, y que seas bueno en lo que haces. También buscan a alguien que sepan que es capaz de escribir algo que la gente quiera leer. El resto depende de la experiencia y de cómo esté el mercado. Si mis honorarios son altos es porque todos los días tengo ofertas encima de la mesa. La mejor forma de hacer una criba es pedir más dinero. Es una cuestión de oferta y demanda.

Ha escrito unos cuantos libros que sí llevan su nombre. ¿Quiere decir esto que hay historias que no cedería a nadie por mucho dinero que le ofrecieran?

Es que yo no “cedo” historias a otra gente. La gente, sea el autor o la editorial, tiene sus propias historias que contar, sus ideas, y me piden ayuda para escribirlas. Si la idea es mía, sea o no de ficción, la publico yo. La firmo yo.

A firmar con pseudónimo no se le puede llamar escritura fantasma, pero… ¿Lo ha hecho? ¿Ha publicado libros que no quería firmar?

La verdad es que no. Alguna vez he firmado como A.J. Crofts en vez de como Andrew Crofts si la editorial creía conveniente que los lectores no supieran si el autor era hombre o mujer; pero, aparte de eso, no he tenido motivos para firmar con otro nombre. Hay escritores que sí lo hacen.

Como J.K. Rowling.

Por ejemplo. Es, sobre todo, para no confundir a los lectores. Cuando Rowling ha editado novelas que no tenían nada que ver con su género habitual ha firmado como Robert Galbraith.

¿Y Chances, lo último que sabemos que ha publicado, entra dentro de esta categoría? Se le acredita como autor, pero también se explica que no es una obra de ficción.

Es que Chances no es ficción. Penny y James, los protagonistas, querían escribir sobre su historia de amor, su vida en pareja, y necesitaban a un escritor que les ayudara. Por la naturaleza erótica de la historia necesitaban también permanecer en el anonimato. Utilizaron esos alias para dejar a sus familias al margen. Como su fantasma, yo no tuve que firmar con otro nombre. Lo que se cuenta ahí no son mis intimidades.

¿Por qué Penny y James? ¿Cómo llega la historia de alguien anónimo a una editorial?

Porque yo conozco a Penny. Me habló de su historia, la escribimos, y entonces se la ofrecimos a la editorial.

Presumo que lo de los pseudónimos ha sido habitual, sobre todo, entre las escritoras. En épocas en que ser mujer y dedicarse a la literatura estaba sólo un par de escalones por encima de la prostitución en la pirámide social.

Desde luego. Pero ahora se da una paradoja, y es que muchos escritores utilizan nombres de mujer para escribir novela romántica o de géneros que las editoriales creen que tendrán más calado entre las mujeres si están escritas por mujeres.

En Her, de Spike Jonze, el protagonista es un escritor profesional de cartas de amor. Her está ambientada en el futuro, pero me pregunto si los primeros fantasmas se dedicaban exactamente a eso: a escribir cartas para otra gente.

Sí, imagino que los primeros escritores fantasma eran escribas que redactaban cartas para la gente, pero enseguida se pusieron al servicio de los ricos y los poderosos para escribir sus memorias. A medida que los índices de alfabetización subieron, el negocio cambió. Por ejemplo, hay gente muy culta y muy formada cuya lengua materna no es el inglés, y quieren escribir libros en inglés, así que necesitan la ayuda de alguien como yo.

Le cito: “Hay días en que recibo una invitación para volar a una isla privada, en un jet privado, o me piden que me pase una noche oculto entre las sombras de un burdel barato observando cómo tratan a las esclavas sexuales”. ¿De qué estamos hablando aquí? ¿Trabajo de campo? ¿Qué tipo de libros requieren que haga estas cosas?

Si un multimillonario o un líder mundial me pide que escriba su autobiografía querrá que nos encontremos en su territorio, ya sea un palacio o una isla. Si estoy escribiendo las memorias de una esclava sexual, o de alguien que está siendo explotado en su trabajo, tendré que ir donde sea que vivan, o trabajen, para entrevistarme con ellos. Tengo que ver cómo viven, conocer su ambiente, sus circunstancias.

Empezó como freelancer, pero ya sabrá que internet ha cambiado las reglas del juego de los que van por libre. Ahora es más fácil para una publicación buscar al periodista o al escritor que haga el trabajo de turno por muy poco dinero. De hecho, hay docenas de webs con ofertas como esta: “Busco a alguien que escriba un libro por 300 dólares” (sic). ¿Qué opina de quien está dispuesto a escribir un libro por 300 dólares?

Bueno, todos tenemos que empezar por algún sitio, buscar oportunidades. Escribir libros es algo muy divertido y hay mucha gente dispuesta a hacerlo por poquísimo dinero. Eso, claro, ha provocado que las tarifas de los escritores bajen, lo cual es una mala noticia. Pero también hay artistas que pintan cuadros a cambio de nada, por puro placer, así que…

Aun así, dice que es la edad de oro de los freelancers. Cuando escribió How to make money from freelance writing (Ed. Piatkus), ¿qué tipo de freelancers tenía en mente?

Es la edad de oro de los freelancers gracias a la tecnología. Tanto internet como los avances en el campo de la impresión han ampliado el horizonte de los freelancers de forma espectacular. La gente se pasa el día leyendo, sean libros o mensajes de texto, o publicidad, temas de trabajo; leen sobre cine, sobre videojuegos. Luego tenemos la televisión, miles de canales que necesitan guionistas, y redactores. Alguien tiene que hacer todo ese trabajo.

¿Qué es lo que más le satisface de su oficio? Aparte de estar muy, muy bien pagado.

Las historias increíbles que me cuentan, la gente que conozco. También puedo contar mis propias historias, que es algo que disfruto muchísimo. Y llevar una vida cómoda, la vida de un escritor de éxito.

Hay quien imaginará a los escritores fantasma encerrados en una habitación, escribiendo sin parar, sin apenas ver la luz del día. Pero su historia personal, como está quedando claro, se aleja mucho de ese cliché. Hasta dirigió una agencia de modelos. Lo que ahora se preguntará la gente será: ¿quién abandonaría una agencia de modelos para dedicarse a escribir?

(se ríe) Cuando dirigí aquella agencia tenía 19 años. Lo único que me importaba era conocer a mujeres guapas. Pero ahora estoy casado con una mujer preciosa y tengo unas hijas guapísimas, así que ya no siento la necesidad de pasarme el día en una agencia de modelos.

¿La escritura es sólo un recurso para sacarles partido a todas estas otras cosas que forman parte de su vida, a estas aventuras?

Es una forma muy acertada de describir lo que hago, sí.

EC 14/715

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