Todos hablan de Jenn Díaz en los corrillos literarios ibéricos. De ella y de sus cuatro novelas publicadas con sólo 26 años, rara avis en un país en el que dicen que no se lee. Pero, hasta aquí, todo normal. Si vivimos en un mundo de usar y tirar también los altares son fácilmente desechables y reciclables. La anomalía se desvela al conocer un poco mejor a la escritora barcelonesa y su obra. Ni neo-policíacos, ni hypes porno, ni aspiraciones absurdas de resucitar (y descafeinar) la gauche divine. Díaz escribe como sus mayores; no quiere ser Palahniuk ni Hornby, ella mira hacia arriba y sólo tiene ojos para Martín Gaite, para Matute, para Ginzbourg. El secreto de su éxito, como el de todos los éxitos, es un arcano. Lo que la convierte en candidata a perdurar, a corredora de fondo en vez de sprinter, es precisamente la atemporalidad de sus creaciones.

 

Belfondo, El duelo y la fiesta, Mujer sin hijo o la recién salida del horno Es un decir. Cualquier opción es válida para introducirse en el universo de Jenn Díaz. No obstante, la actualidad manda. Bueno… Es un decir.

 

 

 

De Pío Baroja decían que era un escritor de mesa camilla, de ti se ha dicho que escribes como “una sexagenaria en silla de ruedas”. ¿Insinúan que hay que escribir menos y vivir más?
Me gustaría más ser una escritora de mesa camilla que una sexagenaria en silla de ruedas, pero todo no puede ser. Insinuaban que mi escritura no es la propia de una mujer de veintiséis años que vive en Barcelona, pero a la vista está que soy una mujer de veintiséis años que vive en Barcelona y que escribe así. Afortunadamente no hay sólo un modelo para ser joven ni para ser escritor ni para nada. ¿Escribir menos y vivir más? Hombre, todo a su debido tiempo, no es incompatible.

 

 

 

¿Lo fácil no es precisamente escribir sobre lo que uno ha vivido?
Lo fácil es escribir cuando tienes algo que decir. Si tiene que ver con lo que has vivido, adelante. Pero si lo que tienes que decir es parte de una idea, de un sentimiento, de algo abstracto que intentas desentrañar… tampoco hace falta vivir tanto. Bueno, antes de contestar la pregunta tendría que preguntar qué entendemos por vivir, pero tampoco hay que darle tantas vueltas. Lo que ocurre es que ahora a ‘vivir’ se le llama a, no sé, viajar, tener aventuras, conocer a gente. Y antes si se escribía sobre lo que se había vivido se escribía sobre la guerra, la orfandad, trabajar en condiciones lamentables… Lo que se vive ahora no da para escribir tanto, y además no es una vida exclusiva: lo que te pasa a ti, le pasa a la mayoría. Lo importante para escribir no es vivir mucho, sino poner la lupa en algunos de esos momentos y convertirlos en especiales. No hace falta ser huérfano para crear un personaje como Mariela: yo no lo soy. Si conoces a alguien, si lo eres, si te lo cuentan, mejor… pero no es imprescindible. Lo que es imprescindible es la empatía.

 

 

 

Tu última novela transcurre en el Franquismo. ¿Te preocupa no ser rigurosa? ¿El Franquismo es sólo una coartada para colocar a tus personajes en un ambiente represivo?
No me preocupa no ser rigurosa porque transcurre en el Franquismo pero no va del Franquismo. Si fuera una novela social o política, aún: pero nunca se me ocurriría hacer algo así. Ni del Franquismo ni de la actualidad, porque no me veo capaz. Me interesa más lo íntimo, lo doméstico, lo cotidiano, y para eso no hace falta documentarse, basta con observar un poco.

 

 

¿Y si alguien te despacha con un “¡¿qué sabrás tú, con 26 años, del Franquismo?!”?
Bueno, claro. Me lo podrían decir porque, efectivamente, qué voy a saber yo del Franquismo. Pero no porque tenga veintiséis años, sino porque no soy historiadora y tengo los conocimientos básicos de la época. Pero bien podría ser una experta o al menos haber profundizado lo suficiente para hablar con conocimiento de causa. De todas formas, creo que nunca he pretendido dar lecciones sobre nada y no creo que nadie me despache así, porque yo misma reconozco mis límites y no me pondría a escribir de algo que no conozco.

 

 

Hay novelas que nacen de una idea, de un giro fantástico de los acontecimientos. Otras son más de pico y pala, o de MacBook y horas mirando la pantalla en blanco, si lo prefieres. ¿En ti hay más de picapedrera o de ingeniosa?
Es a medias, siempre. Porque aunque parten de una idea y hay mucha inspiración y mucha intuición, la escritura de una novela no es un chispazo que se te ocurre un día y corres al papel a plasmarlo. Es cuestión de regularidad, de insistencia: muchas horas, muchas vueltas sobre lo mismo. Aunque haya mucho de ingenio, se necesita picar y picar. Escribo rápido y sin pensármelo dos veces, me va surgiendo a medida que avanzo, pero eso no significa que sea picapedrera. Además, lo hago todo seguido y después corrijo. Seguramente si corrigiera sobre la marcha el proceso sería más lento.

 

 

 

Fan de El Último de la Fila. Si no me falla la memoria, cantaban aquello de “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir”. ¿Esto es aplicable a un escritor? ¿O el escritor necesita arrancarse a escribir para, en algún momento, llegar a decir algo interesante?
Hay que escribir para haber escrito. El otro día vi a Amèlie Nothomb hablando sobre la creatividad y la productividad. Me interesaba porque escribo mucho y en poco tiempo. Decía que cuando un escritor se descubre una herida por la que emana sangre y crea a partir de esa herida, es probable que no todo sea genial porque en la sangre hay cosas geniales pero también suciedad. Pero para ella lo importante ha sido localizar esa herida y no dejar que se cierre nunca. Y estoy de acuerdo: no hay que escribir para llegar a decir algo interesante, pero sí hay que escribir para estar alerta. A mí las ideas se me oxidan si no les doy salida. Si paso tiempo sin escribir, me bloqueo al principio. En cambio, si no dejo de hacerlo, escribo con naturalidad.

 

 

 

 

Redactando estas preguntas el corrector me ha preguntado si en vez de “picapedrera” no habré querido decir “picapedrero”. En tu Twitter se lee: “La vida me quiere escritor”. ¿Lo de miembros y miembras no va contigo?
No tengo manías con el masculino que generaliza, la verdad. Soy muy quisquillosa para ciertos temas, pero éste me da bastante igual. Lo de miembros y miembras, o la arroba para incluir a ambos sexos, me parece una ridiculez. Pero respeto a quien le parece importante. La campaña Golondrinas a la RAE me parece interesante, por ejemplo. Creo que lo importante no es el masculino o el femenino, sino el significado que se le da a cada uno.

 

 

 

Las críticas positivas halagan, a veces incluso embotan los sentidos. Y así son casi todas las que has recibido. El tópico dice que uno aprende más de las críticas negativas que de las positivas. ¿Y esto por qué? ¿Tú has cambiado un ápice de tu modus operandi siguiendo los doctos consejos de un crítico?
Aprendo sobre todo de equivocarme. No tanto de equivocarme como de detectar la equivocación. Lo que me ha ayudado de verdad es el departamento de corrección de la editorial, porque te marca cosas que tú no ves. A veces te enredas en algo y hay una palabra que describe a la perfección lo que tú llevas siete palabras intentando decir. Esa concisión la he aprendido corrigiendo sobre lo ya corregido, aceptando o rechazando las sugerencias.

 

 

George Saunders, que además de un fabuloso autor de relatos imparte talleres para guiar hacia la luz a escritores bloqueados, afirma que en la literatura hay una serie de reglas que siempre hay que respetar. Me pregunto si en realidad no habla de reglas que hay que respetar para que te lean, para que la gente siga el hilo… ¿Para ti también hay reglas sagradas?
Mi regla sagrada es: nada de esquemas. Una vez hice un esquema y fue un fracaso, no me lo pasé bien y el resultado fue pésimo. La escritura nace muerta, sin gracia, insensible. Estás más pendiente de escribir lo que te toca escribir, que en profundizar y dejar respirar al personaje para que tome las decisiones que necesite. A veces cuando veo que los escritores hablan de los personajes como si fueran personas y tuvieran vida propia, tengo la sensación de que quien lea o escuche las declaraciones va a pensar que están exagerando o que los escritores juegan a eso. Pero es cierto que llega un momento en que, ¡plas!, te das cuenta de algo que la propia escritura te marca. Carson McCullers habla de iluminaciones, de cómo de pronto se da cuenta de que el personaje que tiene entre manos es sordo y no se había dado cuenta hasta entonces. Si te haces un esquema, el personaje no se vuelve sordo, porque no te lo cuestionas: sigues el guión.

 

¿Debemos entender que los vanguardistas, los modernos, son los neo-hipsters? ¿Los que toman su nombre de un movimiento contracultural yanqui de hace 70 años? A Kerouac le fascinaban los hipsters de entonces. ¿Qué pensaría de los de ahora?
Kerouac no sé qué pensaría de ellos. A mí me dan bastante pereza.

 

 

 

 

Has retratado a mujeres que viven bajo el yugo del Caudillo, mujeres de sociedades futuras (o distópicas), mujeres que viven en pueblos imaginarios. En efecto, esta es la pregunta preferida de los novelistas: “¿hay algo de autobiográfico en tu obra?”. Pero travestida. ¿Acaso es evitable dejar algo de uno mismo no sólo en un personaje concreto sino en todos los que creas?
Es imposible que los personajes no actúen como tú, porque son tuyos, los creas a partir de lo que conoces, de lo que dominas. No hay nada autobiográfico, pero hay momentos en los que me puedo reconocer. Por ejemplo, en Es un decir el río es un símbolo de libertad, y para mí también lo fue hace dos años cuando fui al pueblo de mis abuelos y pasé un verano estupendo yendo al río con dos amigas. En Mujer sin hijo la madre se mete en el cuarto de baño cuando Rita Albero se está duchando, y le trae una toalla y de paso se queda charlando, igual que mi madre. Pero también hay otras cosas más sutiles que le prestas a los personajes, y que se basan más en las emociones. Puedes usar la decepción que sentiste un día para un personaje, y que su decepción no nazca del mismo lugar. Puedes profundizar en un sentimiento que tú tuviste, y al dárselo al personaje empieza a crecer, porque ya no te pertenece y le pierdes el respeto: lo ensanchas y lo mangoneas. Hay mucho de cada uno, pero no necesariamente literal.

 

 

 

¿Te daría pudor escribir una novela en primera persona sobre lo que sientes, cómo lo sientes, por quién lo sientes? ¿Mejor dejar esas cosas para el diario? O para la autobiografía póstuma…
Creo que sí, que me daría pudor. No tanto por mí, sino por la gente que me conoce. Si de mil personas que pueden leerte, veinte te conocen… esas veinte son suficientes para que te sientas incómodo publicando un libro autobiográfico. La intimidad, para lo íntimo. O para los personajes, la tercera persona y la ficción, que es otra manera de hablar de uno mismo.

 

 

 Y al menos tres de tus cuatro novelas discurren bajo atmósferas totalitarias. Diferentes totalitarismos, pero totalitarismos al fin y al cabo. Tu paisano Boadella confiesa que cada vez cree menos en eso de un hombre, un voto. Que el voto de un imbécil no puede valer lo mismo que el de un erudito. ¿Qué le respondemos a Albert?
Le respondería que quizá para alguien yo sea una imbécil y para otro alguien el imbécil sea él, y entonces qué.

 

¡Entonces democracia, claro! Dime, ¿qué cosas se dicen de una escritora que no se dirían nunca de un escritor? Aunque sean halagos. Porque me da que lo de la sexagenaria no se limita a recalcar que no has llegado al mundo para derribar los cimientos de la novela moderna…
“La guapa Jenn Díaz”. Creo que nunca se habla de lo guapos que son los escritores, aunque por ahí circulan listas de escritores y escritoras guapos y guapas. Me refiero más bien a una entrevista o una reseña. Nadie dice: el guapo escritor.

 

 

¿Es buena idea seguir diferenciando entre literatura femenina y masculina? ¿O entre música hecha por ellos o por ellas?
La idea en sí misma no es mala, porque una idea no puede serlo. Lo malo es cómo se emplea. Como lectora, noto diferencias entre una mujer y un hombre, pero también hay diferencias entre mujeres y mujeres, y hombres y hombres. Lo malo no es marcar las diferencias, sino que esas diferencias dicten qué es mejor o peor. No creo que tengan nada que ver Natalia Ginzburg con David Foster Wallace, pero con García Márquez igual sí tiene algo que ver. Lo malo no es que haya una mirada femenina, sino que se banalice esa mirada, que se menosprecie.

 

 

 

Se alaba tu capacidad para describir el país que te ha parido. Su idiosincrasia, sus contradicciones, también su belleza. Es extraño, porque no hace mucho alguien me comentaba que ser español consiste, básicamente, en no querer serlo. Y ya sabemos el mensaje que les dejó a los españolitos Machado… ¿Tú sí crees en España? ¿A ti no te rompe el corazón?
Yo creo en la infancia, en la casa de mi bisabuela, en el río, en que crezcan las flores que he plantado en la terraza, en el futuro. En las cosas de España que me han dado algo impagable, pero no en España en sí. Lo de los países es una tontería. Siento apego por algunos rincones de España, siento verdadero amor por Cataluña. Pero lo que me rompe el corazón son otras cosas. Que pierda el Barça, por ejemplo.

 

No llames al mal tiempo… Pero entre esto, comentarios como que hace falta una regeneración moral, que dentro de unos años te ves formando una familia y que en tus novelas hay hasta seminaristas… Sabes que estás a un paso de que te llamen Jenn Díaz, la conservadora, ¿no? La joven escritora de derechas… ¡Así somos! Llegado el caso, ¿cuánto tiempo vas a malgastar dando explicaciones?
Es lo malo de las entrevistas: que todo lo que digas puede ser utilizado en tu contra. Sé que algunas de mis declaraciones pueden construirme un perfil que no tiene nada que ver conmigo, pero qué le voy a hacer. No por eso voy a dar titulares obvios ni voy a mantener conversaciones estudiadas y sin relajarme por si acaso de ahí sale una frase desafortunada. Sigo pensando que la sociedad necesita un algo, aunque no soy tan moralista; sigo queriendo formar una familia; me sigue interesando la fe, que no la religión. Y si tengo que gastar tiempo, pues lo malgasto hasta que me canse.

 

 

La segunda pregunta favorita de los escritores: “¿te han influenciado otros escritores?”. Dime, ¿es posible, después de más de 30 siglos de escritos e historias, llegar a la primera página de tu primer libro pura como el corazón de Atreyu ante las esfinges?
Es imposible. Primero, porque para escribir bien primero hay que leer. Y segundo, porque aprendemos imitando. Igual que cuando empiezas a hablar, cuando escribes primero te apoyas en lo que conoces. Yo leí Las palabras de la noche de Natalia Ginzburg y me dije: quiero hacer eso. Escribí Es un decir, que no se parece, pero al menos tenía una idea de lo que quería.

 

 

  1. En tu debut, Belfondo, había (y niégalo con un puñetazo en la mesa si no es así) un cierto guiño al mito de la caverna. Habitantes de un mundo muy pequeño y que nunca verán mucho más allá de las lindes de su pueblo. Nosotros, con nuestros iPhones, nuestra sobredosis de información y nuestros viajes a Berlín, ¿cometemos el error de pensar que ya salimos de la caverna?
    ¡Lo niego con un puñetazo en la mesa!

 

Pues me ha salido la referencia culta por la culata…
Hasta que no acabé y cerré Belfondo, no le di la unidad que precisaba. Mi intención era escribir sobre un pueblo, igual que había hecho en mi primera novela, que nunca llegué a publicar: un pueblo, sus habitantes, cómo se entrecruzan, cómo se encuentran y desencuentran. Después escribí el último capítulo, que es el único que puede recordar al mito, pero no era la intención.

Pero contesto la pregunta igualmente: cuanto más salimos de la caverna, más dentro estamos. Con nuestros iPhones, nuestra sobredosis de información, nuestros viajes a Berlín y la globalización, más caverna. Una más grande y amplia, pero caverna igual.

 

 

No haces buenas migas con la sociedad actual, pero es lo que hay. ¿Consigues evadirte de ella? ¿Alguna receta?
¿Y quién hace migas con la sociedad actual?

 

Alguien habrá. O somos todos idiotas, que también…
De todas formas, cuando he dicho que no me interesa la sociedad actual, hablaba como creadora. No me interesa escribir sobre la actualidad, pero eso no significa que no me interese. Estoy en este mundo y vivo en él: buenas o malas, hay migas. Pero igualmente me evado: no veo tele, no escucho radio, leo poca prensa.

 

 

Juguemos a las ucronías. El siglo XXI no es tu escenario ideal, no sé si porque te sobra tanto cachivache electrónico y tanta estupidez… ¿Habrías preferido vivir en otra época? ¿Habría sido posible una Jenn Díaz en otra época? Las escritoras de otras épocas no sonríen como tú. No se las ve felices en las fotos.
También hay escritoras de ahora que no sonríen como yo y que no se las ve felices en las fotos, y están en el mismo mundo. Aquí cada uno posa como sabe y como puede, ¿eh? A veces me gustaría haber nacido en otra época, pero por pura curiosidad, como Midnight in Paris. Pero habría menos comodidades, más miedo, más injusticia, más desigualdad y más violencia.

 

 

 

¿Te sirven las ‘it-girls’ de metáfora del mundo occidental? Más libertades de las que ninguna otra mujer ha disfrutado en la historia, títulos universitarios en las paredes… para enseñarnos cómo estar divinas las 24 horas… ¿Nos hemos cargado casi todo por lo que tantos pelearon?
Primero, no sé muy bien qué es una it-girl. No sé exactamente qué hace que una girl sea it. Pero de todas formas me veo capacitada para contestar la pregunta: sí, nos cargamos lo que otros pelearon y consiguieron. Somos, en la mayoría de casos, unos irresponsables.

 

 

 

Una sociedad banal sólo puede escribir banalidades. Y esto no lo ha dicho nadie. Se me acaba de ocurrir. ¿Dónde están los escritores introspectivos, los existencialistas, los que querían cambiar el mundo con una pluma o una Olivetti?
Muertos.

 

Rotunda…

Yo dejaría la respuesta así para ser contundente, pero no me gustaría dar una idea equivocada de lo que en realidad pienso: están por ahí, pero no tienen sitio en una sociedad que alaba tanto la inmediatez. Hay que estar un poco atentos, porque existen.

 

 

Tú en principio no quieres cambiar el mundo, o al menos no escribes para cambiar el mundo.  Escribes porque respiras. De todas formas, ¿cualquier cambio debe nacer de los libros? Del pensamiento, de las ideas…
Creo que la escritura que debe estar verdaderamente comprometida y que puede hacer algo por el mundo, hoy en día, es el periodismo. Cuando yo siento que estoy haciendo algo por los demás es cuando escribo un artículo hablando de arte, de un libro, de una autora o de una injusticia. Así hago más por el mundo. Por las personas, lo individual: la literatura.

 

¿Cuál es el poso que deja Jenn Díaz en sus lectores? ¿Qué transformación puede obrarse dentro de alguien que lea Es un decir?
Eso ya no lo sé. La frase que más me dicen es: me ha sorprendido.

 

 

Sales a libro por año. Las estadísticas cuentan que en España se lee poco, ¡pero se escribe muchísimo! ¿Es algo endogámico? ¿Escritores leyéndose entre ellos?
Creo que es algo más global. No se lee porque no se lee, no porque sea endogámico ni porque la gente escriba más que lee. Hay de todo, por supuesto, pero también es un problema de raíz, de educación, de cómo se trata la lectura desde la enseñanza. Además de escritores leyéndose entre ellos y escritores que no leen, pasa algo más. Silvia Querini siempre dice que los editores están haciendo dulces para diabéticos.

 

 

 

La última. Acabas de estar en Sevilla y has cogido una ramita de romero de manos de una gitana sin darle la ‘voluntad’. Sin quererlo, sin buscarlo, te has convertido en una escritora maldita. ¿Qué se siente? ¿Es como lo imaginaste?
Oye, ¡le di dos euros! Ella quería “dinerito de papel” y me negué, pero le di dos euros. Además, ¡ni siquiera era romero!

Algo pasa con Jenn Díaz.
EC, abril 2014.

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