George-Saunders-Entrevista-2014-Diez-de-diciembre-topNo hay nadie que me haya impactado tanto como Saunders en cuanto a relatos se refiere, un género que considero mucho más difícil que otros como la novela. Y todavía es más complicado que todos los relatos traten temas similares y que compartan una misma esencia. Resulta genial cuando se mete en la cabeza del perdedor yanqui, el que nunca se despierta de la gran pesadilla que supone el sueño americano. Es bastante significativo que sea licenciado en ingeniería de minas, pues no hay nadie más preciso y agudo para meterse en lo más profundo del abismo mental humano, de seccionar una mente alienada y analizar los pensamientos desadaptativos que les mete la sociedad y que son fuente de complejos e infelicidad. Ganador cuatro veces del National Magazine Award (1994, 1996, 2000 y 2004) y nominado este año al National Book Awards de 2013, Saunders aspira a convertirse en un Borges del lado oscuro. Su última entrega, el formidable Diez de Diciembre (Alfabia, 2014).

Tiene una habilidad especial para retratar al típico perdedor, ese que nunca termina de despertar de la gran pesadilla americana. ¿Cómo ha llegado a conocerlos tan bien? ¿Se considera usted mismo uno de ellos quizá?
No creo que sean perdedores. No más perdedores que tú o que yo. Si observas bien el corazón de cualquier ser humano te encontrarás con todo tipo de conflictos, de pensamientos extraños, de motivaciones inexplicables, dudas, etcétera, etcétera. Indicadores de que algo está roto, incompleto. Cuando pensamos en nosotros mismos tendemos, incluso sin darnos cuenta, a dejar fuera esa parte negativa, pero sigue estando ahí. Con mis personajes simplemente me limito a no dejar fuera esa parte; hago que salga todo fuera. Y quizá me tomo la licencia de exagerar un poco, para que esa sensación de quebranto sea más evidente. No sé si me explico. Pero el mundo nos hace perdedores a todos; constantemente quedan sueños sin alcanzar, enfermamos y al final nos morimos. No somos capaces de ser felices, cuando deberíamos serlo, y tampoco somos capaces de escucharnos, de prestarnos atención los unos a los otros. No es que seamos perdedores, somos humanos.

Su especialidad son los relatos cortos. ¿Qué le da el relato que no pueda obtener de una novela?
Sinceramente, nunca me paro a pensar mucho en esto. Sucedió así; sentí fascinación por las historias cortas y he seguido en esa línea. Es un género muy difícil, y muy rico. Creo que la premisa fundamental para cualquier artista debe ser: haz aquello que te emocione, sigue tus impulsos. O, por decirlo de otra forma: haz lo que sea que creas que puedes hacer. Si eres músico y te encantan las sinfonías, pero sólo eres capaz de componer una polka de dos minutos, bueno, la elección es clara: escribe una sinfonía y conviértete en una mierda de compositor o escribe polkas que sean estupendas. Hasta hace muy poco, cuando trataba de incitarme a mí mismo a escribir una novela, me sentía… Ya sabes: pffff … Pero si pensaba en escribir un relato me ponía contentísimo y me llenaba de energía.

¿Los libros de relatos tienen buena salida comercial en Estados Unidos? ¿Por qué la gente prefiere leer novelas antes que relatos? ¿No debería ser al revés en esta sociedad 2.0 donde nadie presta más de cinco minutos de atención a casi nada?
Bueno, este libro se ha vendido muy bien. Estuvo en la lista de los más vendidos del New York Times 14 semanas y llegó al número 2. Fue algo excepcional, tanto para mí como para el género de los relatos cortos. Creo que la gente se enfrenta de una forma más natural a las novelas porque las novelas tienden a imitar, en su estructura, a la vida real. Somos curiosos, queremos saber qué fue de fulanito, si Vronsky y Anna Karenina acabaron juntos… Los relatos funcionan de otra forma, son más poéticos, más mágicos. Mi teoría es que en un relato tienes por una parte todo lo superficial, por decirlo de alguna manera: la trama, todo lo que acontece… y después está esa especie de historia ‘subterránea’, que es en realidad de lo que trata el relato. Normalmente el escritor no llega a esa parte hasta que ha rascado la superficie que te comentaba, y el resultado suele ser (o puede ser) un momento de enorme poesía. Algo hermoso, como si dieras con una verdad universal. Para los lectores no acostumbrados al género los finales de los relatos cortos a menudo son decepcionantes, quieren saber qué les pasará a los personajes, cuando lo cierto es que el epicentro de la historia es lo que ya les ha pasado, sea desde el punto de vista moral, ético o espiritual. Así que quizá los relatos no sean aptos para cualquier tipo de público. Necesitas estar familiarizado con esa forma de escritura.

¿Ve similitudes entre ‘Diez de diciembre’ y otras obras suyas como ‘Pastoralia’ o ‘GuerraCivilLandia’?
Están todas cortadas por el mismo patrón. A medida que me hago mayor, y mejor en mi trabajo (o al menos eso espero), tengo la sensación de que mi percepción de las cosas, de todo lo que la vida nos ofrece, se expande. Pero mi forma de escribir ha sido siempre la misma; ser muy cuidadoso con el lenguaje, que haya melodía en mis textos, con la esperanza de que emerja algún tipo de verdad, o de belleza, y que me sorprenda. Es decir, que la historia sea más sincera y bella de lo que me pudiera haber imaginado cuando la empecé.

¿El éxito en la literatura es algo aleatorio? ¿Algo volátil? ¿El verdadero talento acaba por encontrar su recompensa?
La verdad es que no lo sé. Creo que una buena obra siempre encuentra a alguien que quiera publicarla. Hay muchísima gente buscando buenos libros que publicar. Ahora bien, si hablamos de éxito en un sentido más amplio, que te lea mucha gente, que trasciendas, eso es muy difícil de predecir. Pero no creo que como escritor debiera preocuparme demasiado por esas cosas. Cuando llegue ese futuro tan lejano que es la ‘inmortalidad’ el escritor ya estará muerto, y esperemos que uno no pueda ‘googlearse’ en el cielo. (Risas) Hay que intentar alcanzar la excelencia cuando estamos escribiendo, y eso significa estar metido en la historia, volverte más compasivo, más despierto a medida que escribes y que revisas lo que has escrito. A menudo pienso: tío, habría sido divertido ser Dickens mientras escribía ‘Cuento de Navidad’. Ahí tienes la inmortalidad: estar tan inspirado como él y disfrutar tanto como debió disfrutar cuando escribía ese libro.

¿Por qué todo el mundo quiere ser escritor? ¿Es la forma más pura de culto a la personalidad? Un músico depende de otros músicos, un director de cine al final acaba eclipsado por los actores. Pero el escritor es Dios…
Pues no sabía que todo el mundo quisiera ser escritor, yo más bien veo que todos quieren ser banqueros. (Risas) Y estrellas de la televisión. Pero si es como tú dices, me gusta pensar que se debe a que hay muchos lectores que, influenciados por un buen libro, han dicho: quiero intentar hacer eso. Siguiendo con tu reflexión, en una época donde casi cualquier forma de arte requiere de dinero y, por lo tanto, termina formando parte de algo corporativo, es emocionante que una persona pueda meterse en una habitación con un bolígrafo y un puñado de folios y salga de ahí con una nueva visión del mundo. Nadie más interfiere, nadie adultera su obra. Esa persona expresa lo que quiere expresar. Tener ese poder el algo increíble.

Ha mencionado la indisoluble relación entre arte y dinero. No importa si eres el artista más rebelde y ácrata del mundo; si tienes éxito el sistema te engulle. Pasas a formar parte de ese sistema que, en teoría, es tu enemigo. ¿Se puede luchar contra esa paradoja?
Me parece que el quid de la cuestión está en usar un concepto como “el sistema”. Porque, si lo pensamos bien, veremos que el sistema en realidad somos nosotros mismos. Gente no tan diferente a nosotros que hace cosas por razones lo suficientemente dignas, y unas veces eso deriva en algo positivo y otras en algo negativo. El “sistema” tiene cosas nefastas, pero también cosas que están bien, y es importante ser pacientes, estar informados, para poder hacer esa distinción. A estas alturas de mi vida y de mi carrera trato de pensar que las mejores soluciones, las de verdad, deben venir desde dentro. La vida ha mejorado muchísimo, en mi opinión, en los últimos trescientos años (al menos aquí en los Estados Unidos), y no creo que queramos tirar por el retrete todo lo bueno que hemos conseguido iniciando una revolución a lo loco. Podemos estudiar de cerca las revoluciones a lo largo de la historia y nos daremos cuenta de que a menudo las consecuencias son horribles: violencia, caos… Requiere más fuerza de voluntad y lucidez acabar con esos conceptos tan vagos como “el sistema” o “las corporaciones” y observarlos con detalle; novelísticamente, si quieres. Es más complicado y no nos resultará tan satisfactorio como montar follón o creer en verdades absolutas, pero gran parte del progreso de la humanidad ha venido precedido de este tipo de análisis sereno y sensato. Había un dibujante genial, Walt Kelly, en una de cuyas viñetas un tipo decía: “Hemos conocido al enemigo. Somos nosotros”. Me encanta esa reflexión.

La pregunta más complicada para un escritor (o tal vez la más sencilla). ¿Por qué escribe? ¿Es una necesidad? ¿Escribe para los lectores? ¿Para cambiar el mundo?
Creo que diría que sí a esas tres últimas preguntas. Pero, sobre todo, después de llevar tanto tiempo en esto, lo que encuentro en la escritura es un inmenso placer. Es escribiendo cuando de verdad siento que doy lo mejor de mí mismo. Soy más agradable, más listo, más ingenioso, más tolerante con la prosa (sobre todo después de hacer muchas revisiones), de lo que lo soy en la vida cotidiana. Y aprecio mucho el hecho de poder comunicarme con gente a la que nunca conoceré, y que esa comunicación tenga lugar a un nivel tan profundo y universal.

Usted es profesor. ¿Es difícil inculcar a sus alumnos una visión menos materialista del mundo en la tierra de JP Morgan y compañía?
Es que este es un país muy grande. Hay mucha gente que lucha contra ese materialismo y es consciente de sus consecuencias. Aunque debo admitir que a día de hoy el materialismo sigue ganando la partida. De todas formas, la clase de gente que viene a mis clases son la punta de lanza del anti-materialismo. Hablamos de artistas, de escritores, que ya tienen sus propias opiniones sobre este tema. Cuando yo oigo la palabra materialismo pienso en la falsa creencia de que lo único real que existe es lo material, o que todo lo que necesitamos saber está en la física, en la lógica, siempre a mano. Es una postura extraña, porque implica que justo en este preciso instante de la historia nuestra capacidad para comprender el mundo casa perfectamente con la complejidad del universo. ¡Qué casualidad tan maravillosa! (Risas) Y qué improbable. El antídoto contra este tipo de materialismo es la aceptación de que ciertos misterios son reales. Hay cosas que son ciertas, pero que aún no conocemos. Esto debería hacernos más humildes, más observadores, y más cuidadosos. Trabajar concienzudamente en cualquier forma de arte nos ayuda a aceptar todo esto. Cuando una historia funciona, funciona a través del misterio; puedes sentir que entra en juego tu psique más profunda, que de vez en cuando lanza algún mensaje a tu mente consciente. Así que, en ese sentido, el solo hecho de dedicarte a la prosa te hace menos materialista.

Las clases que imparte son de escritura creativa. ¿Se puede ‘enseñar’ a un escritor? ¿La literatura no debería estar libre de reglas, de normas?
La literatura no está exenta de reglas. Nuestro trabajo consiste en llegar a comprender precisamente esas reglas, para poder romperlas. Las reglas en la literatura serían más o menos como las leyes de la física. Si vas a ser bailarín tienes que trabajar con la gravedad. No puedes ignorarla. Es lo mismo en la ficción; ciertos elementos producen ciertas reacciones en el lector. Los detalles enganchan al lector. Eso es así. Lo cual no significa que tengas que meter miles de detalles en tu obra, pero has de saber que cuando no seas detallista tendrás que compensarlo de alguna manera, y que esa falta de detalles pase a ser un incentivo. Dicho esto, el año pasado en la Universidad de Siracusa recibimos 566 solicitudes para nuestros talleres de ficción, y sólo había seis plazas libres. Eso quiere decir que los que entraron eran ya escritores, y muy buenos. No enseñamos a escribir, trabajamos con escritores experimentados para ayudarles a conocerse mejor. Tratamos de guiarles en lo que podríamos definir como “el talento para lidiar con el talento”. Intentamos auparles hasta ese lugar en el que empezarán a trabajar con lo simbólico, porque llegados ahí ese trabajo sólo lo pueden hacer ellos. Suele ser algo muy subliminal, sutil, es una enseñanza casi psicológica; llegar a conocer muy bien a alguien y a su trabajo, decir o hacer lo adecuado en el momento oportuno, o presentarles diferentes formas de editar…

Si le parece bien, terminemos con un par de preguntas tipo test. La primera: te gustará George Saunders si te gusta…
No sé si puedo completar esa frase. Pero, en nombre del marketing, digamos “oxígeno”. (Risas) Así no espantamos a demasiada gente. Y cuando la gente se dé cuenta de que, sí, que les gusta el oxígeno, pero, no, no les gusta George Saunders… ¡Demasiado tarde! Ya habrán comprado el libro. (Risas)

Cinco libros que le dejaran huella…
‘En nuestro tiempo’, de Ernest Hemingway; ‘Caballería roja’, de Isaac Babel; ‘Catedral’, de Raymond Carver; ‘Ojos azules’, de Toni Morrison; ‘Almas muertas’, de Nikolai Gogol.

(publicada en PEmagazine)

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