Aida-Folch-Entrevista-2013-topAlgo tiene el agua cuando la bendicen, y algo debe tener Aida Folch (Reus, 1986) si el patriarca de los Trueba se fijó en ella cuando ni siquiera se había estrenado en la adolescencia para El embrujo de Shanghai y, diez años después, volvió a llamar a su puerta convencido de que aguantaría la embestida de los miura Rochefort y Cardinale en El artista y la modelo. Entre desafío y desafío ‘truebiano’, una carrera en cine y televisión –es la Françoise Alcántara de Cuéntame– que empieza a arrojar cifras de veterana, siempre marcada con el hierro candente de una presencia mesmérica y esa determinación suya que roza la tozudez.

Folch acaba de volver de la India, donde ha rodado con Imanol Arias un biopic sobre Vicente Ferrer para TVE, y tiene pendiente de estreno la comedia dramático-sentimental El amor no es lo que era, de Gabriel Ochoa, mano a mano con José Coronado. En la agenda más inmediata, una silla a la diestra de Patrice Leconte en el jurado del 51º Festival Internacional de Cine de Gijón. No elige mal las compañías la catalana, no. 

¿Qué tal se vive al otro lado de la ‘trinchera’?
Ya he hecho de jurado muchas veces en otros festivales, lo que pasa es que creo que nunca de largometrajes, siempre de cortometrajes. Y me encanta. Como espectadora siempre tengo mi opinión o mi crítica cada vez que voy al cine y veo una película, más allá de si me ha gustado o no me ha gustado, de si me ha parecido que estaba bonita la fotografía, que si estaba bien el sonido… No sé, me gusta. Sobre todo por tener la oportunidad de compartir mi opinión con gente como Leconte, Loriga, o el director del Festival de Guadalajara. Creo que va a ser una semana muy interesante, de poder ver cine al lado de gente tan entendida y a quien admiro.

No se irá usted a dejar llevar por amiguismos…
¡No! ¡Para nada! Además es un festival de cine internacional, con lo cual no sólo son películas españolas, en las que sí que puedo encontrarme con compañeros. Para mí mi trabajo es ser totalmente crítica con lo que veo, formar una opinión y entre todos elegir.

¿Le damos entonces el beneficio de la duda a eso de la crítica objetiva?
En los críticos de cine… pues debería ser así, pero es cierto que, como podemos ver en nuestro país, sabemos que hay ciertos críticos que igual no aguantan a tal director y a mí eso no me gusta verlo en las críticas. Yo creo que debería ser algo totalmente objetivo y constructivo, no destructivo. Y está mal decirlo, pero con algunos de esos críticos me muero de la risa, como con Boyero. Siempre espero la crítica que va a hacer él porque ya me la imagino. Entonces me parto de la risa, me parece divertido; porque es algo totalmente sensacionalista y todo el mundo sabe a quién le tiene manía. Por otro lado, me parece injusto, porque son a menudo críticas destructivas. Pero no hay que hacerle tanto caso a la crítica. En todas las películas siempre hay algo positivo. Una vez un actor me dio un consejo, y es que siempre, en todo, hay algo bueno y positivo, y que me centrase en eso. No me refiero a que la crítica tenga que ser así, sino a que cada obra tiene sus puntos a favor y en contra, entonces eso para mí es una crítica y un desarrollo de lo que uno ve. Mis críticos favoritos son mis amigos a los que les gusta el cine, y después yo misma, con lo que voy viendo y me interesa ver.

¿Cómo lidió con el tembleque de piernas delante de Jean Rochefort y Claudia Cardinale en ‘El artista y la modelo’?
Bueno, a Fernando no le interesa hacer ensayos ni que los actores nos conozcamos antes de hacer la película, quiere que todo sea ágil, y claro que impone respeto. Me acuerdo que la primera secuencia que rodé fue la despedida, con Claudia, y entre que tenía que hablar en francés, pronunciar bien todo, y que la tenía enfrente, me equivocaba todo el rato. Por supuesto, eran nervios, pero poco a poco se me fue pasando, los vi como compañeros que te ayudan y que te enseñan y me centré más en su generosidad que en ponerme nerviosa, porque si no sería imposible hacer la película.

Sobre todo Rochefort es de la vieja escuela, ¿no hubo conflictos de ‘métodos’?
Cada uno tiene su manera de trabajar, y yo lo que vi en Jean fue lo más común del mundo; una persona súper profesional, muy metódica, que se estudia muy bien su texto, que habla muchísimo de la película, que le importa la visión que tenemos todos sobre el proyecto… Vamos, una persona dedicada en cuerpo y alma a su profesión. Es muy metódico pero arriesga muchísimo también, prueba, juega… y eso es lo que a mí me encanta de mi trabajo.

Por cierto, ¿le ha entrado el gusanillo de la pintura?
Desde que hice ‘El artista y la modelo’ me interesa mucho el arte y empecé haciendo cosas para un pintor. De ahí surgió un documental bastante divertido que se llama ‘Retrato de Aida’, donde intercambiamos opiniones sobre cine, sobre la pintura…

¿Hay conexión entre pintura y celuloide?
Por supuesto. El otro día me leí un libro de Claude Chabrol, y decía que todas las artes tienen muchas cosas en común y que hay muchas películas que son pictóricas. Está claro, son herramientas similares que podemos utilizar en varias artes.

¿Ha estado en contacto con Trueba todos estos años, desde ‘El Embrujo de Shanghái?
Después de ‘El embrujo de Shanghái’ perdimos el contacto, porque yo era una niña entonces, pero me llamó cinco años más tarde para preguntarme qué tal estaba y si hablaba francés. Entonces me habló un poco del proyecto; estaba pensando en mí pero necesitaba hablar francés, así que me dijo que no me preocupara, que ya hablaríamos. Acto seguido, yo me fui a vivir a Francia y en seis meses le llamé hablando en francés. Él me dijo que estaba loca, que todavía no tenía el guión, que no sabía si iba a hacer la película, si la iba a hacer conmigo…

Eso, aprender francés, se da poco entre nuestros actores. Cuando, en principio, parece más lógico pensar que la primera opción migratoria sea Francia y no Hollywood…
Por supuesto, en cuanto a trabajo se abren muchas puertas, porque si hablas un idioma ya puedes ir a otro país. Empezar de cero, evidentemente, hacer pruebas e intentar trabajar allí. Eso siempre es muy interesante. Yo le doy al inglés y al francés e intento abrirme nuevos caminos.

¿Ya ha empezado a recoger los frutos de ‘El artista y la modelo’ allende los Pirineos?
Después del estreno de la película empezaron a salir muchas cosas. Tengo un agente allí muy potente, hago pruebas para trabajar allí… Siempre es más difícil, porque eres extranjero, tienes un pequeño acento, y ahí está también la crisis mundial… Es difícil entrar, pero no es imposible. Por supuesto que me ha abierto muchas puertas y no voy a desaprovecharlo.

Pero el acento, sobre todo a los españolitos, nos condiciona mucho más en Estados Unidos…
No, porque, por ejemplo, en EEUU en las series tiene que haber un negro, el chino…

Siempre papeles y perfiles muy concretos…
Claro, eso pasa en todas partes. Evidentemente, nuestro físico, nuestra voz, nos limita, y si eres extranjero tienes un acento. Eso es así. Lo que pasa es que puedes hacer papeles muy interesantes en EEUU siendo latinoamericano. Aquí tenemos ejemplos, como Penélope, Jordi Mollá, Javier Bardem… trabajan allí y tienen su acento, igual que muchísimos latinoamericanos.

Hablando de acentos, en el biopic de Vicente Ferrer encarna a Anna Ferrer, su mujer, que no es española…
Sí, he tenido que poner acento al hablar español, un acento inglés, porque ella es inglesa, aunque ha vivido casi toda su vida en la India. He estado con ella y he podido vivir en el mismo lugar que ella, en Anantapur, y me he informado mucho, sobre todo de lo que ella me ha contado, de sus experiencias, de la gente que le rodea, de los familiares de Vicente Ferrer que conocí en Barcelona… Ha sido un proyecto en el que ha ido todo muy rápido, pero ha sido muy intenso.

Vicente tenía una filosofía muy particular; no esperaba tanto las limosnas de los ricos como el compromiso de gente menos privilegiada…
Bueno, ése ha sido el éxito de la Fundación Vicente Ferrer, hay muchísimos padrinos en España de clase media, por supuesto.

¿Cómo vencer la desconfianza de algunos hacia las ONG? Los que opinan que muchas de ellas se perpetúan en los lugares donde tienen sus proyectos, que dan pescado antes que enseñar a pescar…
Claro, pero esto último es lo que él hizo. Y eso cuando vas allí lo entiendes. A veces desde aquí tenemos esa desconfianza sobre cómo utilizan nuestro dinero o cómo ayudan a la gente. Vicente Ferrer fue a Anantapur, donde ni siquiera había agua, y les enseñó a los indios pobres y de castas más bajas a cavar pozos, a encontrar agua, entonces les dio las herramientas -siempre les ha dado las herramientas-, porque si no es un pueblo que sigue siendo analfabeto. Y les ha dado educación, y muchas cosas. Es un trabajo de años y siglos, es decir, no puede ir uno allí e imponer sus propias ideas y que el trabajo sea rápido. Todo tiene que ir a su ritmo, no puedes ir cambiándoles su religión, su manera de pensar… Tú tienes que empezar por educar, y eso es generación tras generación, que los niños vayan al colegio, que se tomen la pastilla del SIDA. Son años y años de cambiar de alguna manera la mentalidad de las personas. Las mujeres no podían salir de sus casas, ahora van a Sangam, a unas reuniones de mujeres donde pueden hablar de sus cosas, e incluso pueden tener un pequeño negocio, tener sus microcréditos que les concede la fundación para no tener que depender del marido… Y todo eso, insisto, va muy, muy lento. Entonces, por su puesto que la fundación va a ser muy necesaria allí durante muchos años, incluso siglos.

Eso no parece muy compatible con la mentalidad colonialista del hombre blanco, mucho menos en estos tiempos de búsqueda del beneficio inmediato…
Hay muchos problemas, y depende de en qué lugar estés es peor. Por ejemplo, allí, en el suroeste, que es donde estuvimos nosotros, pues igual no hay monzón ese año y hay sequía, y no tienen cultivo. No es lo mismo Bombay o Nueva Delhi que otros sitios. La zona en la que estuvimos son aldeas y pueblos, donde hay la gente más analfabeta. ¿Qué pasa? Por ejemplo, la Fundación Vicente Ferrer les enseña a los médicos, las enfermera para que cubran los hospitales, para que sepan operar, forma a pediatras, pero, después prefieren irse a grandes ciudades, como Bombay, porque van a cobrar más dinero. Igual tienen que cerrar ahora diez pediatrías, y es una pena, porque está lleno de niños que necesitan tener hospitales, tener sanidad… Es complicado hacerles entender a los propios indios que deben comprometerse y ayudarse entre ellos. Ellos tienen otra cultura, no sienten compasión hacia los demás, no son los propios indios los que ayudan a otras castas.

Siguen existiendo los ‘intocables’, que no son los de Elliot Ness precisamente…
Sí, pero ahora, por lo menos, los intocables, la casta más baja, te pueden mirar a los ojos y no se quitan los zapatos cada vez que pasas delante de ellos. Antes no podían tocar el agua, no podían tocar nada. En la India tienen su cultura y sus creencias y eso no se puede cambiar de un día para otro, eso requiere años de trabajo. Lo que pasa es que el gobierno los tiene abandonados.

Volvamos a la sala de cine. Esta semana bajaron el precio de las entradas a 2’90 euros durante un par de días. Las colas han sido antológicas. Ahora bien, ¿es sostenible la industria a esos precios?
Desde luego se ha demostrado que a la gente le gusta ir al cine y que el problema es el precio. Pero, como dijo González Macho, no se podría sostener y es imposible bajar el precio de esa manera. Yo creo que deberían bajar el 21% de IVA, me parece una estupidez, y buscar nuevas formas para que el público esté contento. Con esto lo que se ha demostrado es que hay alternativas, y se pueden buscar otras alternativas. Por ejemplo, los Renoir empezaron a hacerlo en verano, pelis que se reponen durante tres horas. Creo que estamos dando bastantes herramientas para que la gente pueda ir al cine.

Siempre nos quedarán las filmotecas…
Sí, pero la gente quiere las películas nuevas. Acabo de ver en Twitter que Eduardo Noriega ha puesto que después de la Fiesta del Cine hay otras ofertas para que el precio no sea una excusa. Por ejemplo, en Cinesur 3D pagas seis euros y vas al cine durante 12 meses por cinco euros. Hay alternativas, y eso es lo que me gusta.

Rafael Álvarez ‘El Brujo’ opina que en un país donde el teatro o el cine están gravados con un 21% de IVA mientras que al fútbol se le grava un 10% lo que tiene es un problema de mentalidad. Es algo que va más allá de decisiones políticas…
Un país sin cine, que es un retrato de nuestra sociedad, es un país sin cultura, y la cultura tiene que ser accesible para todo el mundo. Entonces, con lo que han hecho ahora se lo están cargando. Lo mismo que lo de la escuela pública. Es que todo el mundo tiene que tener derecho a esas cosas…

¿Está el PP cobrándose las deudas pendientes de hace siete años?
Bueno, es que hay cosas que no se perdonan, como el ‘No a la guerra’, por ejemplo.

El ministro Wert ya ha escrito el epitafio para las subvenciones al cine…
Me parece vergonzoso. Es que si ya es difícil que la gente pudiera rodar su ópera prima cinco o diez años después de haberla escrito, de haberla movido, ahora, que directores como Fernando León de Aranoa, como Achero Mañas, todos, tarden mucho en hacer películas porque no saben de dónde sacar la financiación… Hacer una película es algo muy complejo y yo no creo que haya sido un despilfarro de dinero, para nada. Además, ni que el cine fuera lo único subvencionado…

Su compañero Javier Botet opina que quien quiere hacer cine, hace cine. Aunque sea con cuatro duros. Hay está la ‘nouvelle vague’ de nuestros días, el cine ‘low cost’…
Bueno, eso es un ejemplo de mucha gente que quiere rodar sí o sí, con los medios que tenga, y me parece muy valiente. Ahí está Jonás Trueba, que hizo ‘Los ilusos’ con película caducada. Y hay gente que está haciendo películas con el móvil. Siempre empiezan a salir nuevas alternativas cuando hay opresión o cuando no se pueden hacer las cosas, lo que pasa es que eso ya es también cine de un género concreto, y me parece muy interesante, pero también tiene que haber películas, como tienen todos los países, con su financiación, con su tranquilidad. Para nosotros los actores y para todo el equipo es un estrés rodar una película en dos semanas, como hizo Isabel Coixet, en una localización. Ya los guionistas escriben pensando en el presupuesto… Es una pena. Así yo creo que no vamos a poder crecer nunca. Hay que dar oportunidades. Evidentemente el dinero es un handicap y quizás al final tu película no funciona bien, pero es que eso es la magia del cine; hay que arriesgar.

Un salvavidas importante para su profesión está en las series. Usted no se prodiga mucho en televisión. ¿No le interesa tanto como el cine?
La única serie de televisión en la que he trabajado ha sido ‘Cuéntame’. A mí me interesa trabajar, si son proyectos interesantes mucho mejor. He hecho muchas tv-movies. Los actores –ni nadie- estamos ahora mismo para elegir, y quien diga lo contrario miente. Lo ideal sería hacer lo que a uno le emocione, lo que le motive, pero los tiempos han cambiado. Yo hace diez años rodaba tres películas al año y ahora hago una cada dos años. Las cosas han cambiado.

En los próximos meses estrenará ‘El amor no es lo que era’. Según Johnny Depp, hay tres cuestiones de valor la vida: Qué es sagrado, de qué está hecho el espíritu, y por qué vale la pena morir. La respuesta a cada una es la misma: sólo el amor. Otro día le hacemos la misma pregunta a Vanessa Paradis pero, dígame, ¿se pasa de romántico el amigo Depp?
Creo que puede sonar cursi o demasiado romántico, pero estoy de acuerdo en que el amor es lo más valioso que vamos a conocer en esta vida, a mi modo de ver; el sentimiento más hermoso que tiene el ser humano, el sentimiento más difícil de explicar y sin embargo el más importante en la vida. ‘El amor no es lo que era’ cuenta cómo se vive el amor en tres relaciones distintas, a tres edades diferentes, creo que es una película que puede interesar a todo el mundo, cualquiera se puede sentir identificado. El amor es algo complejo que a veces se ensucia o bien se puede reconducir. Las  personas tenemos distintas maneras de amar, en cuanto a sentimientos o creencias. Yo creo que las pelis románticas nos han hecho mucho daño (Risas). En fin… Este año que viene se estrenará.

Dicen que la juventud es osada. Y la niñez, no digamos. ¿Es cierto? ¿Intimidaba menos la cámara en cuando empezó que ahora?
La juventud es osada, me gusta esta reflexión. Creo que significa que cuanto menos consciencia y miedos tengas más libre, valiente -no encuentro la palabra exacta- eres. En mi caso la inconsciencia y la osadía que yo tenía en la juventud hacían que me tirara a la piscina sin pestañear. Creo que es una parte muy bonita de la vida y que tiene que ver con la infancia. No me daba miedo nada, ni me imponía trabajar en una superprodución, ni con Trueba, ni con Fernando Fernán Gómez… ¡Qué insensatez! (Risas) ¡Y que maravilla! A la cámara la respeto, pero siempre hemos sido buenas amigas.

¿Y busca lo mismo ahora que entonces en la actuación?
Siempre ha habido cosas en común. De pequeña me preocupaba ser verosímil, igual que ahora, aunque ahora busco muchas más cosas, sin dejar de lado la intuición, que es muy importante. Me gusta hacer un trabajo más mental antes de empezar a rodar. Necesito tener mucha información, o crearla, y a partir de ahí le doy forma al personaje; cómo quiero que hable, que se mueva, cómo quiero que piense, qué tics o manías tiene… Para mí es el trabajo más divertido, y luego ponerlo en el asador para que cada personaje tenga matices distintos.

Está el mito del actor tímido que encuentra en la interpretación la vía perfecta para expresar lo que no sabe expresar en el mundo real. Usted no parece responder a ese perfil, sin embargo, ¿no será, en realidad, que todos los actores, los buenos actores, los que logran transformarse en algo distinto, llevan dentro todos esos personajes ‘de serie’?
Yo me crezco en la piel de otro. Ese sentimiento es el que me hizo ser actriz cuando actuaba en el colegio. Me sentía más libre sabiendo que todo lo que hacía en escena era el personaje y no mi persona. Era una terapia. También creo en lo otro. Odio preguntas como “defínete en cuatro adjetivos”, son de una simpleza extrema. Como ser humano soy todo lo bueno y todo lo malo, pasando por muchos matices. Por eso podemos interpretar dos personajes extremos, sacas una parte de ti que define el personaje en esa película y otra parte de ti va a otro personaje que interpretas en otra. Somos complejos, por eso tenemos muchas herramientas para trabajar. Es un trabajo de psicología, de entender, de observar…

¿Se puede meter uno en la piel de otra persona sin empatizar mínimamente con ella? Al fin y al cabo eso es exactamente la empatía: ponerse en el lugar del otro…
Sí, puedo empatizar con un personaje que me caiga mal, por supuesto; sólo necesito justificarme como personaje y convertirme en él sin juzgarle desde mi perspectiva personal. Sería interesantísimo. Aunque todavía no me ha llegado un personaje que me caiga mal del todo.

Creo que le ha entusiasmado ‘La vida de Adèle’. Por lo que cuentan, por lo que cuenta ella, Lea Seydoux no ha disfrutado tanto rodándola. ¿Dónde se posiciona en este cisma? ¿Es el director el Teniente General del rodaje y los actores meras herramientas para llevar a cabo su misión?
Creo que es un caso muy complicado. He leído mucho sobre el asunto y se ha convertido en algo muy morboso que, como dice el director, “ensucia” la película. Creo que no me puedo posicionar. En el cine a veces no hay límites, a veces puede no gustarte la manera de trabajar del director o, en el caso de repetir cien mil veces las secuencias, te pueden hacer sentir insegura o humillada. Por lo que cuentan, Lea y Adèle (Exarchopoulos), lo han pasado muy mal. Yo concibo este trabajo como un trabajo desde la alegría, un trabajo en equipo donde las personas ponen todo su corazón… pero no siempre es así, ¿Dónde está el arte y dónde empieza la tortura? Depende de tus límites, y Lea los tenía. Por otro lado la creación es del director y en el fondo, aunque cueste reconocerlo, estamos a sus órdenes y tenemos que obedecer. Un director puede hacer que estés muy mal en una película o muy bien. Y ahí viene la lucha de egos, cuando no hay una comunicación armoniosa. Es un tema complejo. Siempre ha habido directores déspotas. Mira Bresson… y a mí me encanta. Como espectadora me da igual el rodaje; yo voy a ver una película que luego puede gustarme o no. Ahora, si yo me encontrara en esa situación no sé que haría. Más allá de todo eso, ‘La vida de Adèle’ me ha encantado, y ‘Cuscús’ me encantó, y voy a seguir la filmografía de Abdellatif Kechiche sin prejuicios. Me interesa su cine. Punto.